jueves, 28 de febrero de 2019

Un gallito de poder (o quién la tiene más larga)

No soy un experto en política internacional. Ni siquiera soy un experto en política. Sin embargo, cada cierto tiempo me permito opinar al respecto; no desde el análisis teórico o histórico, sino más bien desde una simple reflexión derivada de mi espíritu humanista y del sentido común.

Sobre lo que está pasando en Venezuela se ha dicho y se ha visto mucho... y aún hay mucho más por verse. Así que mis esfuerzos estarán concentrados en explicar lo que sentí hace pocos días al escuchar las palabras de la vicepresidenta ejecutiva de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Rodríguez:

"Si se atreviesen a poner un dedo sobre Venezuela, los pueblos del continente y del mundo se levantarán a gritar: ¡Fuera el imperialismo yanqui de Venezuela! No tendrán descanso: les haremos su vida un infierno".
Tan sólo eso quería destacar: treinta y cinco palabras seleccionadas de un discurso de más de 40 minutos. Treinta y cinco palabras que me impactaron no sólo por su carácter beligerante y amenazador, sino también por la agotadora persistencia de las clásicas dicotomías entre lo que algunos entienden como el bien y el mal.

Los fanatismos de todo tipo siempre ha recurrido a discursos como éstos para alienar a sus adeptos y para convencer a las almas más débiles o sedientas de esperanza. ¡Es tiempo de cambiar la estrategia! ¡Es hora de dejar ir las utopías políticas y sociales en pos del verdadero interés de los pueblos!

Su letanía, compuesta de clichés y consignas anticapitalistas, es cómica e indignante a la vez: cómica, porque sus palabras parecen extraídas de un discurso de mediados del siglo XX. Indignante, porque fuerza la revolución aceitando los engranajes de una máquina obsoleta con la sangre y las lágrimas de su propio pueblo.


Para mí, la frontera que divide la consecuencia política de la mezquindad de un grupúsculo de fanáticos es la porfía, indecencia, de anteponer sus ideales mientras el pueblo se cae a pedazos; mientras sus habitantes huyen del país que tanto aman; mientras hay escasez de alimentos, de servicios básicos y de dignidad humana.

Es por eso que alocuciones como ¡Fuera el imperialismo yanqui! ¡Haremos de su vida un infierno! suenan a la exteriorización de los fantasmas personales; de los propios desequilibrios emocionales o un gallito de poder ... más que a un interés genuino por el bienestar de la gente.

Señores y señoras de Venezuela y el mundo: ya pasó el tiempo de la exacerbación del socialismo en contraposición del capitalismo (y viceversa). Ya pasó el tiempo de la revolución tal como la conocíamos. Hoy es tiempo de la revolución de los espíritus, que es mucho más trascendental que sus peleas egoístas y pasadas de moda.



viernes, 8 de febrero de 2019

Total, si quemo un bosque no pasa nada...

Como humanidad, somos la raza más destructiva, inconsciente y hasta diría estúpida del planeta. Probablemente somos los únicos seres que no aprendemos de la experiencia y que no tenemos límites a la hora de arrasar con nuestro propio entorno, por mucho que eso signifique, más tarde que temprano, la muerte segura.

Hemos depredado las selvas, contaminado los mares, explotado las montañas; hemos acabado con especies animales, con árboles milenarios, con paisajes que nunca más volverán a ser como eran. Es que, al parecer, así es nuestra naturaleza: necia y, por sobre todo, muy, muy autodestructiva.

Es por es que no me extraña que, por estos días de verano y sol abrasador, muchos de los incendios forestales (sino todos) que asolan a gran parte del país hayan sido provocados por hombres y mujeres sin espíritu ni alma, sin corazón y sin cerebro, que buscan emociones, desapegarse de la ley, un minuto de fama o, simplemente, están carentes de atención y de cariño. 

Sea como fuere, el daño lo hacen igual: ya sea por descuido, negligencia o maldad pura, queman miles, millones, de hectáreas; destruyen para siempre el hábitat de miles, millones, de animales, plantas y microorganismos; diezman en pocas horas la población de flora y fauna nativa, cuyo perjuicio es irrecuperable para el ecosistema; contaminan la atmósfera; ponen en riesgo la vida de los voluntarios que combaten el fuego; amenazan poblaciones humanas.

Más allá del profundo dolor y la profunda impotencia que esto me produce, principalmente por el daño ecosistémico, también siento decepción de nuestras leyes. Porque, claro, alguien provoca esto ¿y qué le sucede? Probablemente sea arrestado, sea sometido a una audiencia, sea sentenciado a pagar una multa... y quede libre. 

Me declaro ignorante respecto del sistema judicial y de las leyes en este sentido, pero pienso que si este delito se sigue repitiendo con tanta recurrencia, ha de ser porque las penas no son lo suficientemente duras. Porque la gente no tiene miedo de cometer el delito; porque "da lo mismo: si quemo un bosque no pasa nada". Escribo esto y pienso, por ejemplo, en el turista checo que en 2005 casi acabó con las Torres del Paine. ¿Cuánto fue lo que pagó por tamaño desastre? Creo que 120 mil pesos.

Está bien que hagan campañas para que tomemos conciencia, pero creo que es labor de organismos como el Ministerio de Medio Ambiente, encabezado por la mediática ministra Carolina Schmidt, ser más firmes en este sentido. Es su deber desplegar todas sus herramientas, capacidades y atribuciones para frenar todos los impactos negativos, no sólo provocados por desequilibrados psiquiátricos o delincuentes comunes, sino también por grandes empresas que también propician el fuego poniendo en peligro los suelos y el bosque nativo.

Más aún, me gustaría que hiciera un lobby estratégico y mucho más agresivo para promover un cambio real en las figuras legales, para que haya penas efectivas y no sólo simbólicas. Ojalá fueran los primeros en impulsar con el Ejecutivo, con el Legislativo, con el Poder Judicial, con las ONG, empresas privadas y con la ciudadanía una reforma que haga que estos delincuentes lo piensen dos, tres o hasta cuatro veces antes de atreverse a generar un desastre ecológico irreversible que, poco a poco, nos está matando a todos.

lunes, 28 de enero de 2019

Transantiago: charqui a precio de filete

Sí, sí: muy bonita la nueva línea 3 del Metro de Santiago. Pero no alcanzamos a disfrutar ni una semana de esta nueva maravilla del transporte urbano cuando se anunció que los pasajes iban a subir nuevamente. Y subieron. Ahora cuesta la exorbitante suma de $800 en horario punta. En términos universales, estamos hablando de la no despreciable suma de USD 1,2.

Dicen que es el pasaje más caro de la región. Sin ir más lejos, yo no recuerdo haber pagado tanto por un viaje en ninguna de las ciudades a las que he ido en Latinoamérica: por el contrario, tengo el grato recuerdo de excelentes servicios y tarifas muy justas en redes como el Subte de Buenos Aires, el Metro de Lima o el Sistema Metropolitano de Transporte de Quito, que hasta septiembre de 2018 costaba algo así como USD 0,25. O sea, $170. Ciento-setenta-pesos-chilenos.

Imagino que para evaluar si algo es caro o barato deberíamos contextualizar las cifras y no juzgarlas por sí mismas. En ese sentido, se me ocurren dos variables: la relación del precio del transporte en función del llamado costo de la vida y de la calidad del servicio prestado. Y, a mi gusto, ninguno de los dos factores justifica lo que estamos pagando en Santiago.

Un pasaje como éste se suma a lo mucho que cuestan en Santiago otros ítems como la vivienda, los servicios, la comida y la cultura. Es decir, los ciudadanos tienen que subsidiar el servicio de transporte, precisamente, en la ciudad donde vivir es más caro. Mal. 

Pero como no soy experto en números, no voy a desarrollar esta línea argumentativa. Así evito que los defensores del sistema me rebatan poniendo en el tapete cifras macroeconómicas, vaivenes internacionales, alzas de divisa, la variación del petróleo diésel, el IPC... y todo eso a lo cual echan mano y que poco o nada entiende la persona común y corriente que toma el Metro o el bus todos los días.

Lo que sí soy es un usuario habitual de Metro. Y como tal me siento en pleno derecho a reclamar por esta alza que no tiene relación alguna con el segundo punto que enumeré dos párrafos más arriba. Porque, aunque reconozco que la nueva línea 3 es un punto a favor de la red, la calidad general del servicio no es buena: es regular o menos que regular. O sea que lo que nos cobran no es proporcional con lo que nos ofrecen: nos venden charqui a precio de filete.

Para mí, viajar en la línea 1 del Metro es inhumano. No encuentro otra palabra para definir lo que nos toca al subimos a un vagón donde vamos apretados, incómodos y en muchos casos asustados/as o asqueados con tanto roce humano involuntario. Rebaños de personas en las estaciones más grandes, gritos, tirones, rasguños, malas palabras, amagues de reyertas. Quizás todo eso tiene que ver con los hábitos personales, pero nadie podría negar que las malas condiciones ayudan a exacerbar ese comportamiento .

En días de verano hay otro factor muy importante: el calor adentro de los trenes. Porque, quién sabe por qué, la mayoría de los trenes de la línea 1 (e imagino que de la 2 y de la 5) no tienen aire acondicionado. Eso significa que desde las 8 de la mañana cualquiera que se suba está condenado a pasarlo pésimo, producto de las altas temperaturas, la falta de oxígeno y el sofoco generalizado que provoca viajar a más de lo aceptable como temperatura confort (que debería ser entre 22 y 23 grados). Vuelvo al adjetivo: inhumano. Y agrego otro: indigno.

Cómo se ve que quienes piensan en las soluciones -o en las alzas de tarifa- no viajan en ese medio de transporte. Cómo se ve que la calidad de vida funciona más como eslogan que como motor diario. Si no ¿cómo a nadie se le ha ocurrido, no sé, ponerse a regalar toallitas húmedas en cada estación? ¿O un pañuelo desechable, para secarse el sudor al bajar del tren, por ejemplo? ¿O un abanico, aunque sea brandeado? ¿Por qué no han hecho una mínima inversión en instalar aire acondicionado o, al menos, un par de ventiladores Recco en cada vagón, con tal de hacer más digno el viaje de cada pasajero?

Muchos "actores relevantes" se abrazan y se dan golpecitos complacientes hablando de las maravillas del sistema de transporte público en el gran Santiago. Pero, claro, ellos no suelen viajar todas las mañanas. No suelen sentirse agobiados entre la multitud. No suelen ser rozados a diario. No suelen sufrir por el calor excesivo. ¡Así no pueden ni podrán empatizar con el usuario común! Con el usuario humillado, ultrajado, malhumorado, sudado... ¿Quién se extraña, entonces, de que haya personas que, por decisión propia, no paguen su pasaje? ¿No es eso un acto poético? ¿Una suerte de reembolso por todos los malos ratos? Abro el debate...

En fin, si a eso le sumamos la congestión habitual en las estaciones a la hora punta, más las cada vez más constantes fallas en el sistema producto de los cortes de energía, los lentos protocolos de restablecimiento del servicio cuando alguien "se precipita a las líneas", tenemos un servicio que vive de sus glorias pasadas y que, simplemente, no vale lo que cobra.

viernes, 18 de enero de 2019

Todos perdimos

Así nomás: en la comuna de Santiago perdieron las personas, perdió el alcalde, perdieron los vecinos y perdió la ciudad. Todos perdieron. Perdimos.

No sé si será coincidencia, pero desde hace unos dos años, más o menos, he sido testigo del incremento de personas en situación de calle en las calles del centro de Santiago: hombres y mujeres, enfermos o sanos, durmiendo en parques, rincones, entradas de edificios. Hombres y mujeres haciendo fogatas, tendiendo su ropa, lavándose, cocinando, bebiendo alcohol, consumiendo drogas -en algunos casos-, haciendo sus necesidades biológicas y a veces hasta peleando a gritos y/o a botellazo limpio.

La indigencia y la mendicidad siempre fueron considerados como problemas aislados, poco frecuentes, en una comuna que parecía tener todo en orden. Mirábamos otras metrópolis latinoamericanas tales como Buenos Aires o Sao Paulo y nos parecía estar a años luz de diferencia respecto de esa triste realidad. Pero hoy todo es diferente. Ahora eso se ve a plena luz del día, todos los días y todas las noches.

Esta realidad me preocupa y me molesta desde tres puntos de vista:

1. El lado humano

Al darme cuenta de que todas las políticas en este sentido han fracasado rotundamente. ¿Qué hace el municipio por ofrecer una solución o una alternativa a los indigentes que, por opción o por enfermedad, viven en las calles? ¿Qué ha hecho el Gobierno, aparte de uno que otro programa aislado y sin verdadero poder de ejecución?

¿Por qué no existe una acción coordinada y permanente para albergar a estas personas en lugares que tengan condiciones adecuadas, donde les ofrezcan un techo y comida a cambio de trabajo comunitario, por ejemplo? Porque no se trata sólo de dar sin recibir. Algo tendrían que aportar, desde sus escasas posibilidades, a saldar esta deuda para con la sociedad que les tiende una mano.

2. La seguridad

No escribo porque alguien me lo ha contado. Escribo porque lo veo a diario, en la esquina de mi casa, a la vuelta de la cuadra, en el parque que tengo que cruzar. En esos lugares, con carpas y verdaderas "instalaciones" domiciliarias no sólo hay gente enferma, trastornada o excluida: también hay delincuentes que se aprovechan del anonimato y la marginalidad para refugiarse cada vez que cometen delitos de baja calaña: "carterazos" y robo de celulares, principalmente.

Los he visto correr raudos entre los autos, para luego esconderse en las carpas destartaladas y hacinadas. Y, claro, ahí nadie se va a meter. Ni Seguridad Ciudadana ni los Carabineros... quizás temiendo que, de hacerlo, sean acusados de discriminadores por asumir que indigencia es sinónimo de delincuencia. Pero lo cierto es que lo hacen: se aprovechan de la precariedad y del prejuicio intrínseco que existe en torno a estas personas. Y mientra todo esto pasa, los vecinos seguimos sintiéndonos inseguros en nuestros propios barrios (antaño tranquilos).

3. La suciedad

Siempre he sabido que, así como no lo es de delincuencia, pobreza tampoco es sinónimo de suciedad. Lamentablemente, parece que la extrema situación de indigencia no respeta esta máxima que todos deberíamos conocer. A diario veo las carpas, los colchones y un sinnúmero de implementos usados para subsistir a la intemperie. Y los veo todos amontonados, apilados, sucios, desparramados. Como estas personas no tienen la conciencia para darse entender que la calle no les pertenece a ellos (al menos no exclusivamente), ensucian sin importarle el resto.

Mugre, basura, malos olores, desechos humanos en plena calle (en frente de mi casa, así tal cual: caca). Todo eso en una cuadra, luego en la otra, y en la otra... y así sucesivamente. El centro de Santiago se ha convertido en un reducto inmundo que ha despojado a la ciudad del buen ambiente y hace que los habitantes sientan asco, vergüenza y miedo al caminar por sus calles.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

La Ley de convivencia vial no va a funcionar

No necesito tomarme tan en serio lo que alguna vez un amigo designó como El oráculo de Zavala, en relación a mi capacidad para predecir eventos relacionados con el comportamiento humano; porque, más allá de las bolas de cristal o los supuestos poderes sobrenaturales, a veces sólo basta el sentido común para hacerse una idea más o menos certera de lo que va a pasar.

En ese sentido, mi opinión sobre el futuro de la llamada Ley de convivencia vial tiene más de observación que de presagio. 

En palabras simples, soy un convencido de que esta ordenanza está destinada al fracaso en un país como éste. El principal escollo es que se trata de una ley que pretende regular la convivencia entre personas... y bien sabemos que, lamentablemente, en Chile las personas no sabe convivir unas con otras.

Este triste fenómeno se basa en la premisa de que, por el contrario de lo que siempre nos quieren hacer creer, los chilenos somos egoístas y desconsiderados: en general, queremos lo mejor para nosotros mismos, pero no estamos dispuestos a perder parte de lo que, en teoría, nos corresponde como derecho. En palabras simples, disfrutamos de la sensación de ser unos ganadores, unos winners.

Mientras ese sensación siga existiendo -y, peor aún, siga siendo avalado socialmente-, de poco servirán las leyes que intenten multar el (mal) comportamiento de los usuarios de las calles y veredas. La convivencia no podrá ser porque, en general, no estamos acostumbrados a ser gentiles, a ceder parte de nuestros privilegios en favor de otros

Por lo mismo, por sobre el carácter punitivo de la ley, estoy seguro de que va a primar la comodidad propia: si soy un ciclista y no tengo una ciclovía por donde pasar, me subiré a la vereda para continuar mi camino. Si soy un automovilista y no tengo espacio para adelantar a un ciclista, no me tomaré la molestia de procurar los 1,5 metros exigidos. Y si soy peatón y tengo que cruzar una calle, no esperaré hasta llegar a la esquina. 

Está escrito. Es el sino del chileno: las leyes cuyo fiel cumplimiento no puede ser asegurado por un problema logístico, que no tienen penas efectivas y que, en el fondo, sólo regulan un tema de convivencia, no están hechas para que sean cumplidas. Las personas no lo toman en serio

A esta suerte de mentalidad chilensis se suma otro factor muy importante: las características viales de las ciudades no resiste la aplicación de estas mismas leyes: no hay infraestructura que permita el tranquilo y seguro transitar de las bicicletas separadas de los vehículos motorizados; no hay suficientes pistas de adelantamiento; no hay veredas lo suficientemente grandes como para permitir, en casos excepcionales, que personas y ciclistas vayan juntos.

Es bastante cómodo -y peligroso- imponer la legislación sobre temas tan cotidianos, sin ofrecer a la ciudadanía alternativas reales para que puedan cumplirlas. Porque una cosa es la educación y la buena voluntad que todos podemos poner para que el asunto funcione... pero otra es querer cumplir y no tener cómo. Y frente a eso, mejor seguir tal y como estábamos, ¿no?

lunes, 29 de octubre de 2018

Chile, país de sucedáneos

Hace unos días descubrí con mucha tristeza que Netflix sacó de su parrilla programática una de las películas más conmovedoras que he visto en años: Al mejor postor. Esta pérdida se suma a la eliminación de Downton Abbey, probablemente la serie inglesa más exitosa, bella y elegante de todos los tiempos.

¿Qué nos dejaron, en cambio? Títulos como No soy un hombre fácil, Soltera codiciada, Perdiendo el norte, La peor semana, Barrio universitario, No estoy loca... y así una larga lista de historias intrascendentes que carecen de gracia, de buen gusto, de alma y de todo aquello que podríamos llamar verdadero arte.

¿Por qué los chilenos nos vemos privados de estos verdaderos deleites para los sentidos y, por el contrario, tenemos que conformarnos con productos de tan baja estofa? Sencillamente, porque nos tienen acostumbrados a los sabores de mala calidadsabores falsos, pobres, insípidos; todos sucedáneos de las verdaderas experiencias multisensoriales que enriquecen el espíritu de las personas y los pueblos.

No encontré una mejor palabra que sabores para resumir todo lo que implica nuestro diario vivir; da lo mismo si son películas, series, música, comida o incluso el espacio público por el que transitamos a diario: la falacia de buena calidad está presente de manera transversal en todo aquello.

La comida

Esta reflexión, compartida con Mesié Lamantán, surgió a raíz de nuestra observación respecto de la mala calidad de algunos productos que se venden en Chile. El problema no es su simple existencia en el mercado, sino más bien la alta aceptación que evidencian los consumidores.

Claro que la culpa no es necesariamente de los que compran... sino de los que prefieren producir sucedáneos que simulen los sabores y la apariencia de lo exquisito. Esta dinámica, que ha autorregulado al mercado, redunda en una oferta que ha terminado por naturalizar la mediocridad de los sabores de comidas y alimentos de uso cotidiano.

La presencia de productos como el "café" instantáneo; de chocolates "sabor chocolate"; del sucedáneo de limón; de quesos insípidos y plásticos; de la mortadela lisa; y de jugos con saborizante "idéntico al natural"... es una pequeña muestra de lo lejos que estamos de poder acceder a ciertos placeres sibaritas que nos han sido negados.

Cultura de la basura

Podemos encontrar este fenómeno en otras aristas del quehacer humano. Una de las más evidentes tiene relación con la mala calidad de los productos culturales masivos que se distribuyen por montones a una sociedad chilena que, por una ignorancia inducida por el propio mercado, no puede exigir más.

Es por eso que existe tanta conformidad por el consumo de basura cultural: conformidad con los programas de entretención; con los paneles de opinólogos de pacotilla; con reportajes autocomplacientes que ensalzan más al animador que a los propios protagonistas; con películas erotizantes y supuestamente humorísticas; con un Festival de Viña con artistas de categoría B, C o D...

¿Dónde están los esfuerzos por brindarnos calidad? ¿Dónde está la TV con verdadera convicción de entregar cultura y enriquecer los espíritus? ¿Dónde están los documentales de David Attenborough? ¿Dónde están programas como Esto es ópera o las franquicias de realities como Masters of Photography o The Great Interior Design Challenge?

Calidad de vida

Así es como nos enfrentamos a otros sucedáneos de productos de calidad que son aun más terribles, porque impactan directamente en la calidad de vida. En Santiago de Chile, por ejemplo, tenemos un sistema de transporte público decadente, indigno e ineficiente: buses desvencijados e inseguros, conductores imprudentes, poca conectividad, paraderos mal diseñados, y tiempos de desplazamiento inhumanos.

Y así suma y sigue: el alcalde que quiere cerrar los parques urbanos; la municipalidad que cede áreas verdes para el crecimiento del mercado inmobiliario; el mall que en vez de abrir sus espacios para el esparcimiento decide construir más estacionamientos; la ciudad que elimina los árboles y cubre todo de hormigón; la ordenanza municipal que permite echar abajo edificios emblemáticos para reemplazarlos por adefesios posmodernos.

¿Por qué lo aceptamos como sociedad? ¿Por qué no exigimos tener una mejor ciudad, vivir en una ciudad mejor? A mi entender, nos conformamos con todos estos simulacros y no abrimos los ojos al verdadero buen vivir porque hemos estado oprimidos demasiado tiempo por la mediocridad de lo que nos ofrecen las personas insensibles que deben tomar decisiones.

¡Pero llegó la hora de cambiar! Es nuestro derecho y nuestra responsabilidad reclamar para tener mejores cosas: más acceso a productos de calidad; a expresiones culturales de verdad; a música que enriquezca y no destruya las neuronas; a una ciudad inclusiva que respete al peatón por sobre el automóvil; a un sistema de transporte decente y seguro; a más espacios públicos; a más áreas verdes. En resumen, a una mejor calidad de vida.

jueves, 12 de abril de 2018

VIH en Chile: por esto nos contagiamos

Miremos las cifras de lo que ocurre en Chile: en tan sólo siete años (2010 - 2017), la cantidad de personas contagiadas con VIH se incrementó de 2.900 a casi 6.000. En otras palabras, ¡aumentó prácticamente en el 100%!

Esta triste realidad es aun peor cuando pensamos que ese número es incapaz de aproximarse a las cifras negras de contagio. Es decir, sólo es un dato estadístico que contempla a mujeres y hombres notificados, pero no representa el universo total de casos seropositivos para el VIH.

Como Estado y como sociedad hemos fracasado en la prevención del contagio. ¿Qué nos pasó? ¿Por qué, según indican las encuestas, menos del 20% de la población usa condón al tener relaciones sexuales? Y lo que es más preocupante: ¿por qué hoy en día pareciera no importar el contagio? 

Otra materia en la cual nuestro país ha reprobado estrepitosamente es en la concientización sobre la importancia de la detección temprana, ya que según la más reciente Encuesta Nacional de Salud sólo el 17% de los chilenos se hizo el test VIH por lo menos una vez durante el último año. ¿A qué le tememos? 

A la luz de estas informaciones, y desde mi visión como periodista otrora especializado en temas de psicología y salud, creo todo se debe tres factores principales:

1️⃣ Las malas o nulas campañas de salud pública

Estamos en una sociedad conservadora que en múltiples ocasiones ha impedido el desarrollo de programas sobre sexualidad y afectividad. Basta recordar el escándalo por las jornadas JOCAS (1995), el libro de la Municipalidad de Santiago... y, sucesivamente, con cada derivado de la Ley de la República Nº20.418, que fija las normas sobre información, orientación y prestaciones de materia de regulación de la fertilidad.

En el caso específico del VIH, las campañas del Ministerio de Salud y de diversas instituciones dedicadas a la prevención también han sido boicoteadas -o, por lo menos, cuestionadas- por la Iglesia y grupos conservadores, obligándolas muchas veces a enfocarse en una mera exposición sobre biología humana.

Pero nos falta lo esencial: educar, sin tapujos, sobre los riesgos reales que tienen los adultos y los jóvenes que ya se iniciaron sexualmente (no seamos ingenuos); enseñar a hombres y mujeres a usar el condón y, sobre todo, a educar en prevención: es decir, a tener más conocimiento sobre formas de contagio, para disminuir las conductas de riesgo.

Así, naturalizando una realidad a estas alturas innegable, es probable que el tema del VIH/sida deje de ser un tabú. Eso podría llevar a muchas más personas tomarse con mayor tranquilidad un hecho tan simple como ir a hacerse el examen.

2️⃣La hegemonía del pensamiento heterosexual 

Hay asuntos en los que el mundo homosexual ha debido madurar antes. Por ejemplo, en la conciencia sobre la discriminación y la consiguiente lucha por la obtención de derechos sociales básicos. (Porque, claro, si no eres gay no te das cuenta de que vives en una situación natural de privilegio).

Otro tema muy relevante tiene relación el contagio del VIH y la errónea creencia de que esta Infección de Transmisión Sexual (ITS) sólo está asociada al contacto sexual entre dos hombres. Por lo mismo, quienes tienen estas conductas de riesgo son exigidos socialmente para estar más informados, para cuidarse en cada relación y para hacerse el examen más seguido que los heterosexuales.

Pasaron los 80, los 90, los dos mil y se comprobó que el VIH/sida no era una 'enfermedad de homosexuales'. Pero hoy, en pleno 2018, la cantidad de hombres y mujeres heterosexuales que tienen sexo con condón continúa siendo muy baja. ¿Por qué? Porque, tontamente, pareciera bastarles con que ella tome sus anticonceptivos.

En otras palabras, impedir un embarazo es su única preocupación real. Ya sea por ignorancia ("es un tema de gays"), por desidia ("no tengo dónde conseguir un condón") o por simple machismo ("sin condón se siente distinto"), ellos y ellas olvidan la larga lista de ITS que pueden transmitirse aunque aparentemente estén limpios.

Por lo tanto, es indispensable terminar con esa sensación de los heterosexuales tienen permitido tener relaciones sexuales sin condón. Error, amiga. Error, amigo: puede que tomar la píldora te libere de un embarazo (y eso está muy bien si no quieren ser padres)… pero eso en ningún caso los hace inmune al contagio de una ITS, incluido el VIH.

3️⃣ La insalvable brecha generacional

Las manifestaciones clínicas derivadas del contagio por VIH (lo que comúnmente conocemos con el nombre de la enfermedad: sida) fueron descritas a principio de los años 80, pero sus estragos continuaron impactando al mundo entero durante casi toda la década siguiente.

Por consiguiente, todos los que vivimos y crecimos entre los 80 y los 90 siempre vimos al VIH/sida como una amenaza constante: como un trastorno incurable, una desgracia terrible. En otras palabras, una condena a muerte a la que, bueno, había que tenerle respeto… y mucho miedo.

Pero los avances de la ciencia lograron que este síndrome otrora mortal se transformara en una enfermedad crónica tan controlable como la diabetes o la hipertensión. Siendo así, dejamos de ver escenas de personas con cuerpos demacrados, llenos de manchas, con fallas sistémicas, y con un pie casi en la tumba.

A mi entender, esta diferencia generacional ha hecho que los jóvenes y adultos-jóvenes de hoy hayan perdido el respeto por el contagio. Es como si dijeran: "¿Qué más da si me contagio? No voy a morirme". Es como si se hubiese perdido la espectacularidad de la enfermedad, el impacto, la capacidad de asombro, el pudor y el respeto por los otros y por uno mismo.

¿Qué hacer, entonces? Educar. Educarnos. Ser conscientes de la historia, de la evolución de la enfermedad y de los tratamientos, por ejemplo. Decirles a los más jóvenes el contagio sí implica hacer esfuerzos: que hay que someterse a una terapia, hay que cuidar la alimentación, el estilo de vida, etc. Que la vida cambia. O sea, no porque sea tratable es menos difícil vivir con ella (sin considerar el maldito estigma que aún pervive en todos los estratos sociales).

Seamos conscientes. 
Seamos responsables. 
Seamos respetuosos. 
Seamos felices.