lunes, 2 de junio de 2014

Naciones sin territorios, ciudadanos del mundo

El año pasado visité la Patagonia chilena por primera vez. Aprovechando el buen tiempo, también me aventuré a tierras argentinas a través del paso fronterizo Río don Guillermo, muy cerca del Parque Nacional Torres del Paine. ¿Mi objetivo allende Los Andes? Visitar el que, según muchos, es uno de los espectáculos más hermosos de la región: el glaciar Perito Moreno.

El viaje dura casi diez horas, contando la ida y el regreso. El bus es pequeño; y el frío, intenso. Pero una vez en el destino, ninguna de esas vicisitudes logra opacar en lo más mínimo la experiencia de encontrarse situado frente a frente con aquella inmensa pared de hielo azul de más de 30 metros de alto. Sobrecogedor.


Perito Moreno
Vista lateral del glaciar Perito Moreno, en Argentina.
La travesía desde Chile consideraba la compañía de un guía que no sólo habló del glaciar y su privilegiado entorno, sino que también enfatizó en las circunstancias que han permitido que el Perito Moreno sea considerado como patrimonio de la humanidad por la UNESCO y que el gobierno argentino lo potencie tanto como atractivo turístico y lo proteja celosamente de cualquier tipo de amenaza.

“Lástima que en Chile no exista una regulación como la Ley de protección de los glaciares”, pensé con tristeza. Sabía que aquella reflexión podía ser compartida con varios compatriotas que querríamos apoyar la causa, pero sin tener que cambiar nuestro ritmo de vida; sin tener que convertirnos en activistas. "Qué pena que esa pretensión no sea posible”, proseguí.s de las redes socialesestar a travde Barcelona, en mayo de 2011, el sociormas de comunicacitirnos en activistas"

Afortunadamente, me equivoqué. Los chilenos que aspiraban a contar con una legislación similar a la argentina no eran tan sólo varios -como supuse-, sino que, no conforme con ser miles, se estaban organizando para dar vida a una idea que se ajustaba a esa pretensión y que, que por ese entonces, parecía idealista o más bien una locura: la República Glaciar.

Todos conectados


¿Una república con ciudadanos, leyes y pasaporte oficial? En efecto: un país donde -según su propia constitución- “sus ciudadanos se comprometen a proteger estas enormes masas de hielo, fuentes de agua y de vida, y (…) que velaría por su protección hasta que hubiese una Ley de glaciares”.

Logo de la República Glaciar.
La idea se formalizó hace tan solo dos meses, pero se propagó con asombrosa velocidad en las redes sociales, especialmente en Twitter, donde se hizo un llamado a todos quienes tuvieran esta conciencia ecológica para que se convirtieran en ciudadanos de esta nueva república.

Pero sin duda, no se trata sólo de una pretensión ambientalista, sino que también representa un discurso mediático cohesionado tendiente a poner en la ‘agenda pública’ un tema relevante para, al menos, 131 mil personas que ya se han convertido en ciudadanas.

En este escenario, la rápida circulación del contenido mediático que representa la República Glaciar puede ser entendida por la participación activa de los actores involucrados, quienes -en palabras de Henry Jenkins- “están aprendiendo a emplear (…) diferentes tecnologías mediáticas para controlar mejor el flujo de los medios y para interaccionar con otros consumidores.” (28).

Profundizando en el análisis del autor norteamericano en su libro “La cultura de la convergencia de los medios de comunicación”,  coincido en que la rapidez con la que se concretó la idea es coherente con que las personas “(…) ponen en común sus ideas e informaciones, se movilizan para promover intereses comunes y funcionan como intermediarios populares para garantizar que los mensajes importantes y los contenidos interesantes circulen más ampliamente.” (243).

Y esto es, efectivamente, lo que ocurrió aquí: las personas comenzaron a intercambiar sus impresiones con los demás mediante grupos de discusión virtual, colaborando para garantizar que todo aquel que invirtiera tiempo y esfuerzo en difundir, lograra una experiencia enriquecedora como parte de un ‘sentir popular’.


Isabel Allende, ciudadana de la República Glaciar
(Foto: Greenpeace).
El contexto de una comunicación mediática digital también ayudó favorablemente al proyecto, en un claro ejemplo de lo que Carlos Scolari denomina mediaciones, entendidas como un conjunto de “(…) procesos de intercambio, producción y consumo simbólico que se desarrollan en un entorno caracterizado por una gran cantidad de sujetos, medios y lenguajes interconectados tecnológicamente de manera reticular entre sí.” (113-114)

¿Sabían los organizadores que la clave en este caso, entonces, estaba en la capacidad de crear redes de personas, nuevos ciudadanos conscientes, conectados entre sí, mediatizados por documentos e información compartida y por los dispositivos de comunicación disponibles? Misterio. Lo que sí salta a la vista es que ésta es una característica fundamental de las nuevas formas de comunicación.

Para contextualizar tal afirmación, citaré a Manuel Castells, quien en una charla ofrecida en las acampadas de Barcelona, en mayo de 2011, compartió esta idea con jóvenes que se habían organizado a través de las redes sociales para protestar por la situación social de su país:

"¿Cuál es el cambio fundamental que hemos observado en los últimos años? Es el paso de un sistema dominado totalmente por la comunicación de masas, centrada en los medios de comunicación (…) a un sistema de lo que yo llamo de autocomunicación de masas a través de internet y de las redes móviles".

Y continuó asegurando que “por autocomunicación de masas podemos entender la capacidad de cada persona de emitir sus mensajes, seleccionar los mensajes que quiere recibir, organizar sus propias redes, ponerse de acuerdo con otras personas en redes en internet, en que los contenidos, las formas, los participantes en esas redes son decididos autónomamente”.

La observación de Castells concluye que los movimientos sociales han aprovechado esta autonomía comunicativa creciente para organizarse y ampliar la movilización, inventando nuevos cauces participativos, sin pasar por las instancias en las que las personas son consumidores pasivos de información.

En otras palabras, hoy se configura el escenario social y tecnológico ideal para que, irónicamente, esta idea de Greenpeace ‘prendiera’ tan rápido a tan solo dos meses de su creación oficial, como se puede comprobar en el siguiente gráfico, creado en base a la información publicada en la cuenta de Twitter de Greenpeace:


La demanda


Desde el comienzo, la creación de este nuevo estado no estuvo pensada solamente como una manera de juntar a personas con un pensamiento afín. También perseguía un objetivo claro: “Cuando fundamos República Glaciar, nos propusimos como reto que el nuevo Gobierno en Chile se comprometiese con un territorio olvidado y desprotegido: los glaciares chilenos”, escribió Asensio Rodríguez, director de recaudación de fondos de Greenpeace.

Esta declaración de intenciones nos lleva a un plano menos inocuo, ya que conlleva una exigencia al Ejecutivo, al conminarlo no sólo a pronunciarse al respecto, sino que además a pensar y promulgar un proyecto de ley. Es decir, se transformó en una exigencia ciudadana.

La contingencia política del país hizo que, afortunadamente para sus afanes, la República Glaciar pudiera definir un hito claro para obtener una respuesta a este ‘clamor popular'. Con el hashtag #GlaciaresEl21, miles de personas hicieron un llamado a la presidenta Bachelet para que se pronunciara al respecto, en un proceso que se transformó en un claro ejemplo de lo que Jenkins llama la inteligencia colectiva:

“La convergencia se produce en el cerebro de los consumidores individuales y mediante sus interacciones sociales con otros. Esta conversación crea un murmullo cada vez más valorado para la industria mediática: la inteligencia colectiva.” (15)

Y es que, siguiendo la línea de reflexión de Jenkins, “(…) las destrezas que adquirimos pueden tener implicaciones en nuestra manera de aprender, trabajar, participar en el proceso político y contactarnos con otras personas de todo el mundo”. (32)

A esa altura, la iniciativa ya estaba legitimada a través de los medios y las redes sociales, como una comunidad con mayor poder de negociación que si fuera sólo una organización exigiendo derechos para las enormes masas de hielo. Ahora eran usuarios-consumidores-ciudadanos. Ahora era una república, y como tal podía poner sus demandas 'sobre la mesa'.

Es que un grupo organizado se empodera y hace escuchar su voz de modo más articulado y más fuerte. Así, la confianza que otorga la inteligencia colectiva hace cambiar, incluso, el tono de los discursos, al punto de no temer interpelar directamente a la máxima autoridad chilena:

“Pídele a la Presidenta Michelle Bachelet que en su discurso incluya la protección de glaciares y asuma la responsabilidad de protegerlos por ley. Tuitea y comparte estos mensajes para que el 21 de mayo cambie la historia de los glaciares”, versaba, por ejemplo, la consigna en el sitio web de la República Glaciar. Conciso y directo: inimaginable en otros tiempos.






Tres fases: nacimiento de la República Glaciar, el emplazamiento y el festejo por la demanda escuchada.

Es claro que, como señala Castells, “a partir del momento en que surge una dinámica espontánea de organización en red, en internet, en las calles y la red interpersonal; ahí, cuando las personas ya no están solas, saben que están juntas, se produce el cambio mental más fundamental de todos: se pierde el miedo a decir y a hacer”.

“Y en la superación del miedo, entonces, a través de esa reunión de proyectos individuales que se transforman en colectivos sin dejar de ser individuales, a partir de ahí se empiezan a plantear críticas, alternativas y debates sobre qué otras formas de vida todavía son posibles”, continúa.

Y sí que fue posible, ya que en el más reciente discurso del 21 de mayo, la presidenta de la República de Chile lo dijo: Otra de las materias sobre las cuales debemos poner nuestra máxima atención es en el cuidado de los glaciares. Los glaciares representan una fuente de agua dulce de un valor incalculable. Presentaremos un proyecto de ley que proteja los glaciares y su entorno, haciéndolo compatible con las necesidades y aspiraciones nacionales y regionales”.

¡Primer logro concreto en la historia republicana de esta joven nación! Y, como tal, fue celebrado como se puede apreciar:



Es en instancias como éstas en las que el poder de un proyecto pensado desde lo ecológico, pero concretado desde lo tecnológico, adquiere su verdadero sentido. La sola mención en el mensaje presidencial del pasado 21 de mayo evidencia que la República Glaciar tiene mayor poder de negociación, y nos hace pensar que Castells estaba en lo cierto cuando señaló que:

“En la medida en que hay un cambio en el entorno de la comunicación, hay un cambio organizativo, y hay un cambio tecnológico. Cambian los procesos de comunicación y, por consiguiente, cambian también las relaciones de poder”.

Crisis del Estado-Nación


Cuando niños aprendimos conceptos derivados de la ciencia política; uno de ellos, quizás el más cercano por cuanto estamos inmersos en él en lo cotidiano, es el de Estado-Nación, con sus tres características fundamentales bien identificadas: 
  • Poseer un Gobierno.
  • Contar con una población con una historia común.
  • Desarrollarse en los márgenes de un territorio.
Hasta antes de la irrupción de la tecnología y de la capacidad de los usuarios de internet para organizarse en comunidades, este concepto no había sufrido golpes tan certeros. Pero lo cierto es que, hoy en día, el ejemplo de la República Glaciar demuestra que es posible pensar en nuevas naciones, nuevos gobiernos, nuevas repúblicas… Todo virtual.

Porque para lograrlo, no hace falta más que un elemento: una idea compartida. De ahí en más, es tarea de los usuarios comenzar a conformar las características particulares de una comunidad, cuyos contenidos se sustentan en la tecnología, pero principalmente en el entorno cultural en el que se desarrollan, tal como señala Henry Jenkins:

“La cultura de la convergencia es muy fecunda: ciertas ideas se propagan de arriba abajo, empezando por los medios comerciales y siendo adoptadas y apropiadas por una serie de públicos diversos a medida que se propagan por la cultura.” (254)

Con todo, resulta lógico pensar que este fenómeno que he denominado crisis no es tan ajeno a la reflexión teórica, sino que, simplemente, está tomando cuerpo en diferentes iniciativas. El mismo Jenkins lo visualizó hace unos años al escribir:

“La narración transmediática es el arte de crear mundos. Para experimentar plenamente cualquier mundo de ficción, los consumidores deben asumir un papel de cazadores y recolectores, persiguiendo fragmentos de la historia a través de los canales mediáticos”. (31)

Crear mundos. En este caso, ese mundo imaginado es la República Glaciar, que se une a otras ideas parecidas, entre las cuales me parece destacable lo que ha ocurrido con la Nación Simpson.

Esta agrupación de ciudadanos sin territorio definido, con un gobierno virtual a cargo Homero Simpson y, lo que considero más relevante, sin territorio (o mejor dicho, con el territorio de lo virtual) nació como iniciativa de la cadena que emite los episodios, de tal modo de congregar a los seguidores de la ‘familia amarilla’ mediante algo más que la serie: una comunidad (ver video).

 

O sea, la narración transmediática de la que habla Jenkins en toda su expresión, ahí donde los ciudadanos-consumidores sienten el impulso irrefrenable de tomar los contenidos mediáticos y reformularlos o rehacerlos en comunidad, a través de llamados que los interpelan.

En este caso particular, el llamado invita a conformar un todo organizado, con sus propias características y ritos: “¡Conviértete en un ciudadano oficial, ingresa ya en esta app!”, señala el sitio web oficial, reiterando la idea de nación con una declaración de intenciones directa: “Llevamos 25 años creciendo sin parar. Llegó la hora de convertirnos en una potencia mundial”.

Chileno. Glaciariano. Simpsoniano. La entrada de internet en nuestras vidas no sólo está facilitando el acceso a la información, favoreciendo la comunicación a pesar de las distancias. También está posibilitando concretar un anhelo de muchos (entre los que me incluyo): prescindir del territorio, organizarse en comunidades y ser ciudadanos del mundo.

Fuentes:
  • JENKINS, Henry. "La cultura de la convergencia de los medios de comunicación".
  • SCOLARI, Carlos. "Hipermediaciones: elementos para una teoría de la comunicación digital interactiva".
  • CASTELLS, Manuel. "Poder y comunicación". Discurso en la acampada de Barcelona (2011).
  • Discurso del 21 de mayo de la Presidenta de la República (2014).

viernes, 2 de mayo de 2014

Libros sin IVA: a esta idea le falta algo…

Al igual que una gran cantidad de chilenos, estoy de acuerdo con la eliminación del IVA a los libros; y si aquello no pudiera concretarse en el corto plazo, también apoyo la idea de pensar en un impuesto diferenciado, de tal modo que en Chile deje de ser tan caro comprar poesía, novelas…

Es una causa necesaria, pero creo que no eliminará la brecha entre los que tienen acceso a la ‘cultura’ y los que no. Es más, pienso que se trata de un anhelo elitista que beneficiará a quienes ya somos lectores asiduos, a los intelectuales opinantes; a quienes seguiríamos comprando libros. 

Ahora más baratos, claro.

Lo que planteo se puede comprobar al analizar quiénes somos los que pregonamos la urgencia de esta medida: actores, escritores, políticos, periodistas, gente de la socialité (ver vídeo). Pero ¿qué pasa con las bien o mal llamadas ‘personas promedio’? ¿Por qué no están luchando activamente por lo que debería ser un derecho también para ellos?

Para mí, no se hacen partícipes porque este impuesto es un tema discursivo que no se enmarca en sus intereses; en el fondo, su cotidianidad no se verá afectada si un libro cuesta dos, cuatro o diez mil pesos más (o menos), contrariamente a lo que pasaría si esta rebaja se estuviera proponiendo para el pan, el transporte, las bebidas gaseosas o el vestuario.

La discusión debería ampliarse a medidas que trasciendan la forma y se centren en el fondo del problema: y es que en Chile las personas con menos recursos socio-económicos e intelectuales no conciben la lectura como un medio, sino como un fin en sí misma. Por ejemplo, si tienen que leer  lo hacen obligadas o simplemente porque quieren obtener gratificaciones inmediatas.

Entonces, no basta con luchar por bajar los precios. Estoy convencido de que aunque los libros fueran más baratos, ese amplio grupo de la población no se sentiría atraída por la lectura, sino que continuaría buscando fuentes de entretención y evasión en sus televisores o en sus dispositivos móviles (que son tanto o más caros, pero que igual se consumen en tasas elevadas al punto de lo obsceno).

Lo que a veces se nos olvida, creo, es enfatizar el trabajo -en todo grupo etario- de concienciación sobre qué pueden obtener con el acto de leer; inculcarles el amor y la pasión por la lectura como paliativo del miedo, de la desesperanza o el aburrimiento. O sea, entregarles la llave para que expandan su horizonte y no sólo un pase provisorio.

Reorientar las mallas curriculares de los niños, invitándolos a que conozcan la lectura desde una perspectiva más explorativa; potenciar el rol de las bibliotecas, sobre todo si son públicas; una mejor regulación de los contenidos digitales y los que se transmiten en televisión; más días del libro; más personas dispuestas a transformarse en cuenta-cuentos en las poblaciones…: ¡eso es lo que realmente se necesita!

En otras palabras, si abogamos por el acceso ampliado y la igualdad de oportunidades, primero requerimos crear la necesidad en los sectores más vulnerables. Mientras eso no ocurra, éste seguirá siendo sólo un debate entre intelectuales.




photo credit: <a href="http://www.flickr.com/photos/thebbp/93235624/">the bbp</a> via <a href="http://photopin.com">photopin</a> <a href="http://creativecommons.org/licenses/by/2.0/">cc</a>

lunes, 16 de septiembre de 2013

Qué mal se escribe en Chile




Hace unos días vi en televisión una entrevista a un siquiatra que expuso, principalmente, sobre las características de una sociedad consumida por la falta de valores, el desapego de las emociones y la pobreza espiritual en todos sus ámbitos.

Estuve tentado por cambiar de canal, pero una pregunta me hizo desistir: “¿Cuál es, a su juicio, el mayor problema de la sociedad chilena?”, requirió el conductor, ante lo cual el experto no contestó ‘lo esperable’ -la desigualdad, la intolerancia, el esnobismo, el chovinismo…-, sino que me noqueó con su respuesta: “La pérdida del lenguaje”.

Su explicación fue simple y directa: las nuevas tecnologías, la inmediatez y el creciente interés por ‘tener’ (más que por ‘ser’) han hecho que la fórmula leer-escribir-hablar sea, paradójicamente, un valor sin valor.

Concuerdo: hoy no existe interés por mantener viva la esencia del idioma, que es la gramática y la ortografía (y no solamente la capacidad de transmitir un mensaje, lo cual podríamos hacer - incluso- sin necesidad de palabras). Por ejemplo, me sorprende que no exista conciencia sobre la utilización la las tildes para connotar la intención de un texto, considerando que hay diferencias ostensibles entre una frase y otra dependiendo de cómo se acentúe una palabra.

También me preocupa y me cuesta aceptar y entender la ignorancia generalizada sobre cómo y cuándo utilizar recursos expresivos tales como signos de interrogación o exclamación, puntos suspensivos,  comas, puntos… y todos sus derivados (que son varios, aunque no sean tan recurrentes).

Básicamente, no se trata de hacer alarde de las destrezas al redactar, sino que de dar un sentido coherente a lo que se quiere expresar. A diario veo cómo las personas ocupan su tiempo actualizando perfiles en las redes sociales con frases ininteligibles, ilógicas, vagas y hasta contradictorias. Desde mi perspectiva, es impresentable que mensajes tan poco elaborados como éstos adolezcan de problemas tan severos.

Escribir sin que se entienda es tan aberrante como hacerlo con faltas a la ortografía, lo cual me parece inaceptable en estos tiempos en que el acceso a la información, a diccionarios y a internet está tan masificado.

Dentro de mi ámbito de trabajo y, en lo posible, en mi círculo social trato de contribuir en este aspectos, pero caigo en cuenta de que se trata de una batalla casi perdida: en muchos casos no es falta de oportunidad, sino que falta de interés; en muchos otros, no interesa escribir mejor, escribir bien. Y frente a eso prefiero evitarme molestias y no leer todo aquello que es una vergüenza en sí mismo.

¡Qué pobreza de espíritu revela la falta de interés por mejorar estos aspectos que sirven para darse a entender de manera clara y correcta pero que, además, son determinantes para juzgar  competencias laborales, académicas e incluso personales!

No escribo con ánimo aleccionador, sino que con desconsuelo y con un profundo deseo de que esto cambie alguna vez; con la añoranza de que en Chile la gente leyera más y viera menos televisión-basura; con el sueño de que en vez de juegos y aplicaciones cuyo aporte es irrelevante, las personas descargaran libros y diccionarios. En fin, con un país menos conformista y pobre, donde el amor al idioma sea enaltecido como valor y no como una lucha de unos pocos. 

domingo, 21 de julio de 2013

Mirar hacia arriba


Ayer paseábamos con Andrés por el centro de Santiago y llegamos a la siguiente conclusión: si las personas que caminan a diario por esas calles levantaran la mirada tan solo un poquito, verían verdaderas maravillas.

Son muchos los que encuentran que el centro de la capital es un barrio deslucido, gris y absorbido por los intereses comerciales, que no tienen compasión a la hora de ocupar edificios antiguos con cadenas de comida rápida de dudosa reputación. Pero a todos ellos yo les digo: "¡Calma! Aún hay esperanza. Tan sólo hay que elevar un poco la mirada".

Y cuando hablo de elevar me refiero al sentido estricto y literal de la palabra: mirar hacia arriba. En las calles Huérfanos, Ahumada, Estado, Catedral, Agustinas, Moneda, por ejemplo, hay verdaderos prodigios de una arquitectura impecable y soberbia que se niega a desaparecer entre tanto mall y edificio de oficinas.

De esto hay muchos ejemplos, aunque lo que más me sorprende es la gran cantidad de construcciones fieles al estilo art déco de los años '30 (que ahora son notarías, edificios de reparticiones públicas o cines XXX). Allá arriba está lleno de detalles constructivos, de figuras geométricas, de espacios nobles y bien diseñados... y nosotros, acá abajo, los ignoramos día a día.

Así también podríamos admirar un considerable número de edificios palaciegos, cuyos balcones, celosías, lucarnas, escaleras, torreones, marquesinas... dan cuenta de una época de esplendor y de un gusto elegante y noble que obedecía más que nada a un respeto por lo estético y emocional.

Así que mi invitación es a darse una pausa y a contemplar el mundo sobre nuestras cabezas. Estoy convencido de que aún tenemos la oportunidad de deleitarnos con la grandeza de tiempos pasados que siguen estando aquí aunque a veces no nos demos cuenta.