Entiendo la indignación que hechos como lo sucedido en Coanil provoquen en las personas que abogamos por el respeto de los derechos humanos. Sin embargo, con mucha tristeza me he dado cuenta de que es bastante sencillo sentarse a ver las noticias y criticar el accionar de los funcionarios de este servicio -que, contrariamente a lo que muchos creen, no es público- cuando están haciendo un procedimiento de contención. De hecho, hasta parece ser cool cuando nos sumamos a la ola de críticas que inundan las redes sociales.
Pero ¿qué sabemos, realmente, sobre la realidad de esos centros?
¿No es por lo menos justo detenernos a imaginar cuál es la verdadera situación en la que se encuentran esos niños? ¿En algún momento alguno de los que rasgan vestiduras ha estado presente cuando uno de estos jóvenes tiene un ataque sicótico, esquizofrénico o de delirio? ¿Alguno sabe cómo se ponen y el profundo daño que se pueden autoinfligir? (O causar a los demás). ¿Alguien ha pensado que, en situaciones extremas, estos procedimientos -que, a la luz de una información parcial y descontextualizada, parecen verdaderas torturas- son una respuesta enérgica pero efectiva?
No he tenido la oportunidad de trabajar en un centro de Coanil, pero conozco muy de cerca a varias personas -cercanas, queridas y todas profesionales- que han quedado impactadas cuando han tenido que enfrentarse a situaciones tan extremas, cuando los adolescentes tienen que ser contenidos por indicación médica -sí, amarrados- antes de que, por ejemplo, comiencen a cortarse el cuerpo y la cara con vidrios, cuchillos, materiales de construcción o revestimientos tan aparentemente inocuos como maderas, pedazos de concreto o apliqués de lámparas.
Entonces, ojo con ser tan taxativos. Ojo con crucificar los procedimientos y a los implicados. Ojo con pontificar sobre respeto de los derechos humanos cuando, por otro lado, se criticaría el hecho de que ninguno de los profesionales que allí trabajan acudiera en ayuda de alguien que perfectamente podría suicidarse o asesinar. Porque, aunque parezca mentira, no estamos hablando de amenazas ni agresiones leves. No estamos hablando de simples pataletas de personas con discapacidad intelectual. Estamos hablando de severos trastornos, de descompensaciones impredecibles e irracionales, generalmente descontroladas y con una fuerza inusitada.
No es que aliente los procedimientos en sí mismos, ni mucho menos cualquier muestra de tortura -incluso la que no es tan evidente, la que no vemos pero sabemos que existe-. Mi punto es otro. Mi punto es: hay que entender que son situaciones aisladas, y no es justo hablar de que "se tortura". Tomemos un poco de distancia y veamos los hechos en su justo contexto. No lancemos una o mil piedras sin antes ser capaces de quitarnos el velo que no nos permite ver que en estas fundaciones las realidades son extremas y, muchas veces, fuera de un contexto "normal" (porque, claro, ¿qué persona "normal" en su casa amarraría a un joven "normal" frente a un "normal" arranque de ira?).
Por eso, creo que más que enfocarnos en la "tortura", el debate debería estar centrado en qué hace la sociedad -¡y las propias familias!- con personas, niños, jóvenes y adultos, con discapacidad intelectual o con enfermedades mentales. ¿Y qué es lo que hacen? Se desentienden de ellos. Los alejan poco a poco, hasta que llega un punto en que o son mendigos o entran a estos centros educacionales y de rehabilitación, donde, quiéranlo o no, tienen un pasar un poco más seguro, tranquilo y digno.
Seamos un poquito más justos y más críticos y endilguemos las responsabilidades a quienes corresponde: a las fundaciones, sí... pero también -y sobre todo- al Estado, como entidad garante de los derechos de los desposeídos y los abandonados, y a las propias familias que, irresponsablemente, ven en Coanil una salida fácil a su "problema".
Ésta es una instancia total, completa y absolutamente subjetiva, pensada para plasmar mi opinión -crítica, irónica, respetuosa y responsable- sobre temas variopintos. En otras palabras, es la prolongación de mi conciencia.
martes, 9 de mayo de 2017
martes, 4 de octubre de 2016
Ignorancia, moralina y egoísmo
El escándalo que ha generado el libro "100 preguntas sobre sexualidad adolescente" me genera una profunda decepción. En pleno siglo XXI, cuando abogamos a voz alzada por los derechos humanos y las libertades individuales, resulta vergonzoso que la iniciativa de la Municipalidad de Santiago se haya instalado como un "tema-país" que desvía el foco de lo realmente importante, convirtiéndose en un show moralista y anacrónico.
En lo personal, defiendo su publicación, porque considero que, en buena medida, viene a cubrir el eterno vacío que muchas familias con hijos/as adolescentes siguen acrecentando al no atreverse a hablar de afectividad, sexo ni sexualidad. Además, pienso que su distribución bien podía enmarcarse en el cumplimiento de la Ley Nº20.418, que fija normas sobre información, orientación y prestaciones en materia de regulación de la fertilidad, cuyo artículo primero versa así:
"Toda persona tiene derecho a recibir educación, información y orientación en materia de regulación de la fertilidad, en forma clara, comprensible, completa y, en su caso, confidencial.
Dicha educación e información deberán entregarse por cualquier medio, de manera completa y sin sesgo, y abarcar todas las alternativas que cuenten con la debida autorización, y el grado y porcentaje de efectividad de cada una de ellas, para decidir sobre los métodos de regulación de la fertilidad y, especialmente, para prevenir el embarazo adolescente, las infecciones de transmisión sexual, y la violencia sexual y sus consecuencias, incluyendo las secundarias o no buscadas que dichos métodos puedan provocar en la persona que los utiliza y en sus hijos futuros o en actual gestación".
Así como se ha dado, el 'debate' parece más un capricho de los sectores conservadores que un afán por buscar el bienestar del público al que está dirigido el libro. Más lamentable aún es escuchar argumentos que aseguran que "hipersexualiza o genitaliza la sexualidad en la etapa adolescente", que "quiebra a la persona” e incluso que "pervierte su desarrollo".
Para mí, esto no es más que un reflejo de:
1. La ignorancia o la ceguera de quienes cuestionan los contenidos, argumentando que se incita a sus lectores a que "conozcan temas sexuales" antes de tiempo; lo que no quieren reconocer, o lo que derechamente no saben, es que son precisamente los jóvenes quienes necesitan las respuestas a estas 100 preguntas... y a muchas otras.
Durante muchos años tuve la fortuna de trabajar en la ya desaparecida revista Vida Afectiva y Sexual (VAS), que circulaba todos los domingos junto con el diario La Cuarta. Allí entendí que la preocupación-curiosidad-ignorancia juvenil no tiene límites a la hora de hablar de sexualidad. Confirmo que las preguntas que leí, y que tuve que responder gracias a la ayuda de profesionales del Centro de Medicina Reproductiva y Desarrollo Integral del Adolescente (Cemera), eran como éstas:
- ¿Hay riesgo de embarazo si me trago el semen?
- ¿Si me pongo una aspirina en la vagina puedo prevenir un embarazo?
- ¿Si tengo sexo anal pero mi pareja eyacula afuera puedo quedar embarazada?
- ¿Si hago sexo oral y luego me echo enjuague bucal puedo prevenir enfermedades?
- ¿Es cierto que usar bluejeans causa impotencia?
- ¿Un beso con un compañero te hace homosexual?
- ¿Me van a querer las mujeres si mi pene mide 15 centímetros?
- ¿Entregarse a una persona es una prueba de amor?
Y así muchas, muchísimas otras. Entonces... ¿Ésta es la perversión de la que tanto hablan?
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| Una de las miles de portadas de la revista VAS, que circuló durante más de 20 años junto al diario La Cuarta |
2. El cartuchismo insoportable que sigue existiendo en Chile: cada vez que se mencionan las 'palabras prohibidas' -sexo, vagina, pene... ¡coito! ¡Sexo anal!- 'se encienden las alarmas' de sectores mal llamados moralistas que bien poco valoran la libertad que cada individuo tiene de pensar por sí mismo y tomar sus propias decisiones. Lo peor es que pontifican sobre temas personales, temas íntimos, metiéndose en la cama de otros para juzgarlos con el rigor de sus propias mezquindades, miedos... o represiones.
3. El egoísmo de aquéllos que, con su tenaz oposición a este tipo de información, perpetúan el círculo de la ignorancia, los embarazos adolescentes no deseados, el contagio de Infecciones de Transmisión Sexual o las crisis de identidad sexual. Haría falta que estos 'paladines de las buenas costumbres' dejaran de mirarse el ombligo, y se dieran cuenta de que quizás ellos tienen una excelente comunicación con sus hijos... pero que hay familias en las que eso no sucede; de que quizás ellos cuentan con profesores, sicólogos o médicos que los ayudan... pero que hay jóvenes que nunca han tenido acceso a este tipo de orientación y, por lo tanto, seguirán cometiendo los mismos errores.
Si queremos avanzar como país, es de esperar que esta 'polémica-de-adultos' no ensombrezca el tema de fondo: cómo hacer que nuestros jóvenes tengan un acceso equitativo a información que los haga quererse, cuidarse, ser tolerantes y sanos; que sea una voz seria y de calidad, ¡pero al mismo tiempo realista y práctica!
Porque, mal que mal, esta generación y las próximas siempre estarán condenadas a tener que pasar por el monstruoso proceso que es crecer y abrir los ojos a un inevitable y cada vez más prematuro interés sexual en una sociedad cada vez más hipersexualizada.
jueves, 2 de junio de 2016
La Constitución (y la sociedad) que anhelo
Acabo de completar la consulta individual disponible en el sitio web de participación ciudadana en el proceso constituyente. Es una dinámica sencilla y rápida que, si bien no democratiza al 100% la opinión de los chilenos, ayuda a 'testear' la opinión de quienes tienen: 1) Acceso a internet. 2) Conciencia cívica. 3) Amor propio, por la familia y la sociedad.
El último paso ofrece la posibilidad de dejar una opinión más personal y extensa. Esto es lo que escribí. Si estás de acuerdo conmigo, o si difieres completamente, no pierdas la oportunidad de ingresar tú también y ser parte de esta proceso.
********************
Una nueva Constitución política debe nacer de las
necesidades reales y prácticas de la ciudadanía.
Debe considerar el devenir de los tiempos, las
características de sus hombres y mujeres, y el cómo se ha desarrollado la
historia de un país.
Por lo mismo, no debe estar exenta de todos los fenómenos
socio-culturales de la actualidad: multiculturalidad, diversidad,
empoderamiento social, mayor acceso a la información, mayor conciencia de los
derechos fundamentales, etc.
Me gustaría una herramienta política sensata, con un
espíritu no sólo basado en la igualdad, la justicia y la democracia, sino que
también en algo mucho más pedestre, pero muchas veces olvidado: el sentido
común. Una Constitución que no hace eco del sentido común no puede ponerse en
práctica cuando, a veces, la interpretación de los derechos y deberes está a
cargo de personas con dudoso criterio.
Los chilenos deberíamos tener los mismos derechos, sin
importar el género, la posición social, la casta, la orientación sexual, el
origen territorial o el patrimonio. Nadie debería estar por sobre otros,
especialmente en materia de justicia, salud y educación. El acceso a estas
prestaciones, en igualdad de condiciones, debería ser garantizado para todos
por igual.
Lo anterior implica que debería existir una nueva regulación
sobre las instituciones privadas que han lucrado hasta la obscenidad con estos
derechos, imponiendo sistemas abusivos, discriminadores y perpetuadores de un
modelo donde sólo parecen ganar sus propios dueños. Hablo de isapres, AFP, bancos,
universidades, clínicas. Hay que parar con la impunidad con que siguen
repartiéndose el mercado, sin importarles la dignidad humana (aunque digan lo
contrario).
Por último, una Constitución en un país laico, acorde con el
siglo XXI, no puede ni debe imponer reglas de conducta moral. El libre albedrío
es lo más preciado para un ser humano, capaz de tomar sus propias
decisiones en función de sus propios conceptos éticos, morales e incluso religiosos.
Es
inaceptable pretender que el Estado imponga reglas de comportamiento que sólo
atañen al ámbito personal/privado (sin afectar la libertad y los derechos de
los demás seres vivos). Esto implica un cambio de paradigma, para dejar de
creer que existen 'ideales' éticamente correctos y que, por lo tanto, todos los
demás deben ser sancionados. Ya no están los tiempos para castigar a una mujer
que desea abortar libremente o para dos hombres que quieren casarse entre ellos.
Avancemos hacia una nueva sociedad, más responsable de sí
misma. Hagamos de la Constitución el marco general de acceso justo, digno y
oportuno a los derechos y obligaciones de cada chileno... pero no la utilicemos
para tratar de 'controlar' los comportamientos individuales, la conciencia
moral propia y la responsabilidad que cada uno tiene respecto de su vida y su
propia familia.
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viernes, 19 de febrero de 2016
Sentirse mujer en cuerpo de hombre... hace casi 100 años.
“La chica danesa” (Tom Hooper, 2015) es una película de gran simpleza estética, con un relato lineal, sin efectos especiales y con una banda sonora discreta. A pesar de eso (o debido a eso), es paralizante y 'movedora' a la vez, cautivante de principio a fin… tanto o más que las megaproducciones que desbordan actores de moda y fuegos de artificio.
Eddie Redmayne, “la chica danesa”, no sólo actúa con su cuerpo, sino que también con su mirada, palabras y silencios. Sus miedos, alegrías y esperanzas traspasan la pantalla y penetran la fibra más íntima de los testigos del tormento emocional y sicológico de una mujer ‘atrapada’ en un envase masculino.
Me gustó la intensidad y la belleza de esta cinta que muestra una realidad aún incomprendida: las personas transgénero. Es interesante conocer una historia real ocurrida en la Europa a fin de la década del 20 -la historia de Lili Elber- y ver cómo ha evolucionado el contexto de hombres y mujeres que, aunque son distintos y muchas veces sufren, no se cansan de luchar por sus sueños.
Vaya a verla. No sea prejuicioso y aprenda sobre honestidad y cómo el amor verdadero puede traspasar las barreras morales, de la mente y del corazón.
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martes, 16 de febrero de 2016
¿Tanto escándalo por 50 (miserables) UF?
Una de estas obligaciones, que demanda coraje y sangre fría, es reclamar sus seguros de vida. Yo no soy el heredero legal, pero asumí la responsabilidad de contactarme con las instituciones para declarar "el siniestro", como se llama técnicamente, y requerir información sobre cómo proceder. Es una tarea dolorosa, pero justa y necesaria.
Entre todas, aplaudo la gestión de la Mutual de Seguros de Chile: con ellos no hubo inconvenientes, pues fueron diligentes al entregarme todo tipo de información completa y actualizada con el fin de orientarme. Además, los procedimientos se ajustaron a los tiempos y, a la fecha, ya se hizo efectivo el pago a los herederos legales: mi padre y mi tío.
El problema se ha suscitado con dos empresas que, olímpicamente, se han desligado de responsabilidades, no han entregado información certera y que, en resumen, han puesto todos los obstáculos para hacer efectivo el seguro. Se trata de Ripley Seguros (la cara visible) y Seguros BNP Paribas Cardif (la aseguradora).
Llevo meses tratando de gestionar la denuncia del siniestro y me he encontrado con un problema tras otro: "que falta un documento", "que el formulario...", "que no está la copia del contrato...", "que han pasado muchos años...", etc. Ha sido tedioso e indignante sentirse mendigando un poco de atención para hacer efectivo un producto, un servicio, un derecho por el cual mi tía estuvo pagando durante más de 10 años.
Cada día, Seguros Ripley y BNP Paribas Cardif exigen más 'medios para comprobar' la contratación del seguro, sus características y sus beneficiarios. Así, en todo este tiempo se han encargado de dilatar un proceso que, se supone, debería ser expedito. En buen chileno, se están cagando por una suma irrisoria de dinero (50 UF) que no vale la vida de nadie.
Debido a las trabas constantes y a la nula preocupación de estas empresas, pensé en desertar. Pero hoy, con más ahínco que nunca, no voy a claudicar en exigir lo que corresponde; no dejaré que la aseguradora se quede ni con un peso de una plata que les es ajena. No es (ni nunca ha sido) una lucha económica, sino que una lucha por la dignidad de las personas.
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miércoles, 18 de noviembre de 2015
El amor como motor del mundo
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| Creación de Jean Jullien |
Por lo mismo, tengo fe en que los atentados terroristas en
París serán un impulso para rebelarnos; pero no para levantarnos en armas, como algunos dignatarios han propuesto, sino para
demostrar con gestos, grandes y pequeños, que estamos contra la violencia y las
luchas por ideales mezquinos y antediluvianos, sean de la índole que sean.
Pruebas de esto hay muchas: la indignación de millones de
usuarios de redes sociales; mensajes de líderes en todo el mundo; y manifestaciones como el discurso de Madonna, el pianista que tocó “Imagine” afuera del Bataclan o el joven musulmán que ofreció abrazos en París.
Personalmente, respeto todos las iniciativas para
manifestarse contra el odio y la violencia -excepto, claro, el odio y la
violencia-, porque todas nacen de la legítima aspiración a vivir en un mundo pacífico
en el que todos podamos convivir aunque no todos pensemos igual.
Por eso me entristece que proliferen posturas odiosas
que invalidan sentimientos y libertades. ¿Por qué criticar a quienes piden u
ofrecen una oración? ¿Qué de malo hay en compartir una imagen en las redes?
¿Cuál es el detrimento hacia la causa pacifista y humanitaria si lloro la
muerte de los hombres y mujeres de París?
Las energías invertidas en esas posturas ingrávidas no hacen
más que desvirtuar el foco de lo que verdaderamente importa: el repudio de la
violencia y el clamor de todo un planeta que exige la deposición de las armas…
en París, en Siria, en China o en Venezuela. Porque, en verdad, no importa la forma, sino el
fondo.
Concuerdo con quienes alzan la voz denunciando que en otras
naciones también hay dolor y muerte. Eso también es repudiable, pero en ningún
caso debería ser tomado como una nueva arma de batalla, como un ideal para
atizar a un grupo de incautos que caen en
el mismo juego del odio aunque en una escala menor.
Basta ya de ennegrecer el panorama con ráfagas de palabras
virulentas y llamados mezquinos a tomar partido o por París o por el Medio
Oriente. Más allá del impacto y la cobertura mediática inicua entre las realidades de
Europa y otras latitudes -y eso es una tarea pendiente-, episodios como estos
deben avergonzarnos y movilizarnos siempre.
Al final, todo suma y crea conciencia: desde lo
cósmico y lo divino hasta lo más práctico (porque como opinó el Dalai Lama, “no
sólo con oraciones se acaba el conflicto”). Así se construye una sociedad
homogénea, respetuosa y libre. En otras palabras, un mundo mejor.
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martes, 2 de junio de 2015
Carta abierta
Es probable que pocos
conozcan a Enrique Santos Discépolo por su nombre, pero sí por su obra; él fue
quien escribió un tango que ha trascendido las fronteras y el tiempo: se trata
de Cambalache. Y aunque hace mucho
que estoy familiarizado con esta trascendental pieza, nunca hasta ahora su mensaje
me había hecho tanto sentido con frases como ésta:
“No hay aplaza’os ni
escalafón;
los inmorales nos han
iguala’o:
si uno vive en la
impostura
y otro roba en su
ambición,
da lo mismo que si es
cura,
colchonero, rey de
basto,
cara dura o polizón”.
Afirmo lo anterior con total convencimiento y responsabilidad, en vista de que he tenido que ser testigo de cómo funciona el negocio para una mayoría que ejerce cargos de alta responsabilidad no necesariamente por sus competencias, sino porque cuentan con venia política o, lo que es peor, porque son parte de un círculo de amistades de otros que ostentan más poder aún.
Aclaro que no me tomaría el tiempo de reflexionar sobre
este declive de los valores morales si solamente ocurriera en un ente abstracto e impersonal como ‘la
sociedad’; porque creo que sería un recurso simplista y no del todo honesto aludir
al problema de modo genérico: ‘la gente’, ‘el país’ o ‘los chilenos’. Es
cierto: la pérdida del sentido de lo bueno versus
lo malo, de lo correcto versus lo
incorrecto, está arraigada en la sociedad, pero también se vive en lo cotidiano:
está, por ejemplo, en varias oficinas de esta institución del Estado, de cuyos
logros muchos se vanaglorian sin estar aportando efectivamente a su
engrandecimiento.
Desde mi perspectiva, esta tendencia -eufemismo para no ocupar la palabra precisa: vicio-
redunda en que muchos hayamos tenido que sobrellevar la humillante situación de
ser comandados por jefaturas que, en lo profesional, no parecen contar con un perfil idóneo, conocimientos técnicos
ni capacidad de liderazgo. Si a esto se agrega un comportamiento errático y
muchas veces carente de modales básicos de convivencia, el resultado no es un muy
alentador como para continuar.
Asumo que es probable que algunos que llevan años inmersos
en este contexto afirmen que es así
como se manejan los asuntos en las
instituciones públicas: es decir, dependiendo de los caprichos e intereses de quienes
momentáneamente están en el poder. Seguro que ellos también consideran que hay
que saber acomodarse a estas condiciones y que es mejor trabajar sin desgastarse
por intentar cambiar estas prácticas tan arraigadas.
Respeto a quienes piensan así, pero no comparto su postura en
lo absoluto; porque, desde mi punto de vista, un profesional de excelencia es
aquel que, aun consciente de su contexto mediocre, exige que el trabajo se haga
con estándares de calidad que garanticen resultados óptimos para quienes, en
definitiva, pagan nuestro sueldo. De lo
contrario, sólo estamos en presencia de funcionarios de segunda categoría, autocomplacientes y acomodadizos, cuyo único
objetivo será mantener una ocupación y asegurar una suculenta entrada económica
a mediado de cada mes.
Es por eso que hoy emprendo nuevos rumbos a la empresa
privada: porque este desolador panorama en el servicio público es incompatible
con mi formación ética y valórica. No me siento cómodo siendo parte de una
institución que en el papel hace un
trabajo ‘de excelencia’, pero que en la práctica alienta proyectos insulsos, defiende
posiciones mezquinas y potencia jefaturas pusilánimes, pero no líderes.
Por cierto que no es mi intención generalizar: no digo que
todos sean mediocres, perezosos y/o maleducados (hace un tiempo tuve jefas
admirables en todo sentido); tampoco me refiero al instituto como un todo, porque, aunque me temo que este
modelo se replica, no conozco los
antecedentes para afirmarlo. Yo me refiero, única y exclusivamente, a lo que he
vivido en el último tiempo: hablo de mis intentos de sortear con dignidad ese
hálito de banalidad y autocomplacencia que a menudo invade nuestras oficinas, y
de mis esfuerzos infructuosos por entender una lógica de trabajo desorganizado
y sin rumbo claro.
A riesgo de parecer desagradecido, crítico o poco
visionario, también hablo de las limitaciones que implica ser parte de un
equipo y de un proyecto digital incomprendido, que no está en la lista de
prioridades de ninguna autoridad, por lo menos en términos operativos.
Honestamente, creo que la mentalidad anquilosada y chovinista de algunas de ellas nunca dará paso al desarrollo real de
ideas vanguardistas y con tanto alcance social como es el sitio web de ChileAtiende.
Así que con todo esto, ¿qué perspectivas profesionales
tienen las personas justas y los espíritus inquietos que no se conforman con
pasar sus días como autómatas? ¿Qué ganas de continuar le quedan a alguien que
tiene intenciones de mejorar la calidad de vida de los otros, pero que se
encuentra con que la mirada de ellos a veces queda relegada por otras
prioridades de dudosa procedencia? ¿Qué motivación real existe para un periodista
serio y comprometido que sigue creyendo en la meritocracia aunque aún no se haya topado con ella?
La respuesta más consecuente y honesta a estas inquietudes no
tiene lugar a discusión: debo alejarme de los vicios solapados y no dejarme
contaminar en el intento. Por fortuna, tengo las ansias de libertad y el
espíritu de supervivencia suficiente como para no querer hundirme en la
mezquindad y para saltar de la proa
de este barco que zozobró hace tiempo
y que, siendo honestos, tiene pocas posibilidades de enmendar el rumbo si sigue
siendo guiado por los mismos capitanes.
Si para algunos esto es un acto de cobardía, para mí no. Sé
que nadie es mártir en ninguna institución, pero estoy convencido de que en
esta decisión hay un profundo amor por la labor social bien entendida, y un
alto grado de desprendimiento. No es sencillo renunciar al servicio público
cuando se tiene la convicción de que nuestro trabajo engrandece a Chile; así
como tampoco es tarea fácil claudicar en los anhelos de mejorar la vida de
quienes realmente necesitan de la asistencia del Estado en su conjunto.
Espero que esto cambie. De ahora en más, soñaré con el día
en que el instituto se llene de mentes brillantes, capaces y comprometidas, que
trabajen para enriquecer al país y no para enriquecerse. Esperaré con ansias el
momento en que este modelo se agote y
sea destruido, y dé paso a otro que reúna a los mejores profesionales, con
intenciones loables, para trabajar juntos por un país mejor. Y tal vez cuando
eso ocurra hasta me seduzca la idea de volver con nuevos bríos… olvidando para
siempre las estrofas que cierran mi carta y que, a la vez, son las últimas que
se pueden escuchar en el famoso tango argentino:
“No pienses más,
sentate a un la’o,
que a nadie importa si
naciste honra’o.
Es lo mismo el que
trabaja
noche y día como un
buey,
que el que vive de los
otros,
que el que mata,
que el que cura
o está fuera de la ley”.
o está fuera de la ley”.
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