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jueves, 28 de febrero de 2019

Un gallito de poder (o quién la tiene más larga)

No soy un experto en política internacional. Ni siquiera soy un experto en política. Sin embargo, cada cierto tiempo me permito opinar al respecto; no desde el análisis teórico o histórico, sino más bien desde una simple reflexión derivada de mi espíritu humanista y del sentido común.

Sobre lo que está pasando en Venezuela se ha dicho y se ha visto mucho... y aún hay mucho más por verse. Así que mis esfuerzos estarán concentrados en explicar lo que sentí hace pocos días al escuchar las palabras de la vicepresidenta ejecutiva de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Rodríguez:

"Si se atreviesen a poner un dedo sobre Venezuela, los pueblos del continente y del mundo se levantarán a gritar: ¡Fuera el imperialismo yanqui de Venezuela! No tendrán descanso: les haremos su vida un infierno".
Tan sólo eso quería destacar: treinta y cinco palabras seleccionadas de un discurso de más de 40 minutos. Treinta y cinco palabras que me impactaron no sólo por su carácter beligerante y amenazador, sino también por la agotadora persistencia de las clásicas dicotomías entre lo que algunos entienden como el bien y el mal.

Los fanatismos de todo tipo siempre ha recurrido a discursos como éstos para alienar a sus adeptos y para convencer a las almas más débiles o sedientas de esperanza. ¡Es tiempo de cambiar la estrategia! ¡Es hora de dejar ir las utopías políticas y sociales en pos del verdadero interés de los pueblos!

Su letanía, compuesta de clichés y consignas anticapitalistas, es cómica e indignante a la vez: cómica, porque sus palabras parecen extraídas de un discurso de mediados del siglo XX. Indignante, porque fuerza la revolución aceitando los engranajes de una máquina obsoleta con la sangre y las lágrimas de su propio pueblo.


Para mí, la frontera que divide la consecuencia política de la mezquindad de un grupúsculo de fanáticos es la porfía, indecencia, de anteponer sus ideales mientras el pueblo se cae a pedazos; mientras sus habitantes huyen del país que tanto aman; mientras hay escasez de alimentos, de servicios básicos y de dignidad humana.

Es por eso que alocuciones como ¡Fuera el imperialismo yanqui! ¡Haremos de su vida un infierno! suenan a la exteriorización de los fantasmas personales; de los propios desequilibrios emocionales o un gallito de poder ... más que a un interés genuino por el bienestar de la gente.

Señores y señoras de Venezuela y el mundo: ya pasó el tiempo de la exacerbación del socialismo en contraposición del capitalismo (y viceversa). Ya pasó el tiempo de la revolución tal como la conocíamos. Hoy es tiempo de la revolución de los espíritus, que es mucho más trascendental que sus peleas egoístas y pasadas de moda.



martes, 27 de marzo de 2018

"No se mueren los embriones abortados: se mueren las mujeres"

Iba a escribir un post largo para expresar mi opinión sobre la legalización del aborto. Mientras pensaba cómo estructurar un relato claro y potente en términos argumentativos, me encontré con este video. Y dejé de pensar. Esta mujer argentina -desconozco si es una figura pública o anónima- encontró las palabras precisas y hoy me hago eco de ellas:

Estoy agradecida por haber abortado a los 18 años, señor. ¡Qué agradecida por no tener un hijo de 22!

("Es una pena", dice quien la confronta).

Es una pena para usted, que decide sobre mi cuerpo, me juzga, dice que abortar es malo, cuando es un hombre; no tiene ni idea lo que es tener un ovario; que no tiene ni idea de lo que es parir un hijo. Usted, que no parió, ¿me dice a mí que yo hice algo malo y que sufro consecuencias gravísimas por abortar? 

De tres abortos se muere una mujer pobre, en condiciones infrahumanas. Tiene que ir a abortar porque decide no tener un hijo y se tiene que confrontar con parte de la sociedad que piensa como usted... (que) ¿no dice que los gobernadores tienen que legislar para todas igual y para todos igual, que nos defienda y nos dé un aborto seguro y legal gratuito, para que no nos caguemos muriendo? Y defiende un concepto de que la vida empieza no sé dónde, porque la que transmite la vida y la que va a dar a luz una vida soy yo misma. ¿Y después tengo la responsabilidad vitalicia de querer a ese hijo para toda la vida, pese a que usted exista o no exista como masculino dentro de esa composición familiar?

("La ciencia dice dónde empieza la vida", argumenta el hombre).

No, señor. Es anacrónico su discurso. Vetusto. Y no me venga acá a implementar la iglesia, porque saque sus rosarios sobre mis ovarios, porque gracias a eso, gracias a eso, el mundo está como está. Por gente que piensa como usted, las mujeres se están muriendo. No se mueren los embriones abortados: se mueren las mujeres. ¿Y sabe qué mujeres? Las invisibilizadas. Las que usted no ve. Las que yo le voy a ir a dar a la villa clases de alfabetización y talleres de teatro. Esas mujeres que usted no ve, de Once. Nenas de once años que quedan embarazadas, mujeres de 15 que quedan embarazadas y que no quieren tener esos hijos... 

No hay ningún Estado. Hay un Estado ausente que no gobierna para ellas. Se mueren. ¿Es lindo, eh, ser madre a los 11 años? Porque "no abortes, tienes once años, estás haciendo algo malo...". ¿Pero usted qué está pensando? ¡Tiene que ser una cuestión da salud pública. Es una deuda de la democracia. ¡Es un derecho humano! Por eso las sociedades civilizadas tienen el derecho al aborto. Es una deuda de la democracia. Videla, Echecolatz y Massera desaparecían gente, se apropiaban de bebés... en nombre de la iglesia también.

Acá va parte del video:

martes, 6 de marzo de 2018

Una mujer. (Y punto).

La noche del 4 de febrero de 2018 quedará grabada en nuestra historia. Pero no sólo por el hecho de que Una mujer fantástica hubiere ganado el Oscar como mejor película de habla no inglesa, sino porque los ojos del mundo se posaron en Chile y desvelaron, a la fuerza, una de nuestras grandes vergüenzas contemporáneas: el desamparo la injusticia y los malos tratos de los que son sometidas las personas transgénero.

Porque mientras muchos estábamos celebrando, a otros el premio les dio bríos para rezumar resentimiento e ignorancia; quienes, amparados tras una pantalla, desataron su odiosidad y su más profundo desprecio por el género humano a través de nefastos comentarios discriminatorios que, lamentablemente, suelen representar a un sector bien identificado de la sociedad: conservadores, religiosos y fanáticos varios.

En otras palabras, personas que han estado siempre en una posición de privilegio respecto de las minorías y que, por lo tanto, son incapaces de ser empáticas. Y no conformes con tener sus derechos asegurados por defecto, tienen el descaro y el egoísmo de no dejar que otros -los invisibilizados, los oprimidos- accedan a lo que les ha sido negado y que en nada les afecta a ellos. Es sólo una lucha de ego, lucha de poder.

Daniela, siempre digna

Pero lo más hermoso de todo es que Daniela Vega no se rebaja a contestar los insultos; ella, la actriz transgénero de la que todos hablan, no desgasta ni un ápice de su manifiesta inteligencia en discutir con aquéllos que la critican, la discriminan y abusan de su poder hegemónico. 

Su estrategia, en cambio, es mucho más sofisticada: digna de una mente y un corazón que trascienden la condición humana y vuelan más cerca del espíritu que de la carne. Ella, la mujer fantástica, utiliza su hasta ahora inigualable exposición mediática internacional para dar un mensaje contundente, sin necesidad de ofensas ni proselitismo barato

Y ese mensaje es claro: dignidad para la comunidad transgénero; dignidad para el ser humano sin importar su género, su raza o su credo. 

Pausada y divertida, pero firme en sus convicciones, ella se da maña para transmitir un legítimo reclamo de igualdad de derecho, por el simple hecho de ser ciudadana de Chile; por el simple hecho de ser una mujer. Con paciencia e inteligencia, se toma el tiempo para explicar que "La condición trans no es algo indumentaria; no es algo cosmético, no tiene que ver con la ropa: tiene que ver con cómo uno ve el mundo y desde dónde lo ve". Y eso se agradece, Daniela.

El Oscar: la excusa perfecta

La obtención de la estatuilla dorada no es más que la excusa para que de una vez por todas hablemos en serio de estos temas en Chile. Da lo mismo si la película nos gustó no no; da igual de si la interpretación es magistral o queda al debe. Lo que realmente importa es que el filme muestra un tema que hasta ahora permanecía en las tinieblas.

Una cosa lamentable es que esas tinieblas no sólo están alimentadas por personas ordinarias que hacen sus descargos en redes sociales, sino también por los sectores conservadores y poderosos de nuestro país; por esa clase política que insiste en hacernos creer que son una fuente de rectitud y autoridad moral. Por todos aquéllos que pretenden decirnos cómo vivir nuestras vidas, cómo sentir… y hasta qué ser.

¡Pero ya basta de dejarnos avasallar por mentes y corazones egoístas que pretenden hacer infelices a los demás con sus discursos medievales! Es tiempo de hablar sobre identidad de género; pero, más importante aún, es tiempo de legislarEs hora de que hombres y mujeres trans sean reconocidos/as como tal y sean tratados/as con la dignidad y el respeto que se merece cualquiera ser humano de bien.

Por todo eso, me alegra que el reconocimiento mundial -sí, mundial- de Una mujer fantástica haya puesto el dedo en la llaga en este lejano país al sur del continente. Está bien que las autoridades se sientan interpeladas. Está bien que Chile avance hacia una sociedad más justa y moderna, hacia una sociedad más noble y bella. Está bien que hoy por hoy Daniela sea la estrella más brillante del pequeño firmamento chileno. Se lo merece.

Se lo merece no sólo porque su ejemplo nos inspira, a hombres y mujeres, sino también porque quizás sin habérselo propuesto (o quizás con) está iluminando almas y salvando vidas. Y, de paso, también está llamándonos a la autorreflexión como personas y como sociedad con palabras tan lindas como éstas:
"Yo invitaría a la gente a ampliar los límites del pensamiento. El ser humano es tan increíblemente poderoso que es capaz de vivir en Alaska y en República Dominicana. Es capaz de crear submarinos y cruzar el Atlántico bajo el agua. ¿Cómo no vamos a ser capaces de convivir los unos con los otros?".









miércoles, 24 de enero de 2018

Por qué no voté por Piñera

No voté por Piñera ni en 2009 ni en 2017. Y si, por desventura, en el futuro volviera a ser candidato... tampoco votaría por él. Esto va más allá de su contendor/a de turno o de los partidos que lo apoyan. Esto es una cuestión de principios.

Sería tedioso enumerar las características nefastas que provocan mi profundo rechazo al personaje en cuestión. En todo caso, aclaro que no tienen que ver con sus tics nerviosos, su falta de asertividad, sus intentos fallidos por parecer gracioso ni su nulo sentido del ridículo. Sería demasiado básico recurrir a lo que algunos han llamado piñericosas.

A grandes rasgos la brecha insalvable entre él, y todos los de su clase, y yo podría resumirse tan sólo en tres puntos: lo primero, su absoluta falta de pudor al reconocer públicamente que su parámetro para juzgar los actos propios o de sus colaboradores es lo que permite la legalidad, sin siquiera molestarse en atender los argumentos que lo conminan a emitir juicios de valor.

Porque actuar conforme las normas de un país no asegura la probidad ni mucho menos la indemnidad ética o moral. En otras palabras, hacer lo que permite la legalidad es una cosa; pero aprovecharse de la posición de privilegio para beneficio propio, es otra muy distinta. Y, por cierto, muy reprochable, sobre todo en supuestos servidores públicos que tienen el poder de tomar decisiones.

Lo segundo se relaciona con su mezquina concepción de sociedad, basada en cifras macroeconómicas, con estrategias populistas que promueven el concepto de éxito según el aumento o el descenso de la capacidad de adquirir bienes de consumo. 

No reniego del consumo -no podría-, pero me decepciona hondamente que esa postura eclipse o anule lo realmente importante para ser felices: la liberación del espíritu, la búsqueda de la belleza, el respeto por el otro, el derecho a la cultura, el deber de potenciar nuestras habilidades innatas. En resumen, la valoración de lo trascendente y no sólo de un puesto de trabajo.

Un candidato o un presidente nunca tendrá mi voto si su propuesta se basa exclusivamente en un análisis sobre si hay más o menos empleo. Peor aún, generando terror en las personas débiles, crédulas o menos instruidas y asegurando, de paso, que haya un verdadero estancamiento cívico, intelectual y cultural (que, al parecer, les conviene mucho).

Lo tercero, y más terrible desde mi punto de vista, es su postura conservadora en los mal llamados temas valóricos. Como individuo librepensante nunca voy a apoyar sectores cuya bandera de lucha sea la imposición de sus valores morales y el desprecio por las diferencias. Por muy buen político que sea, por muy hábil empresario o por muchos empleos que genere.

Un país pequeño y triste como el nuestro necesita salir de la oscuridad con algo más que mejores índices económicos. Necesita avanzar en justicia social, en la integración de las otredades, en la conquista de los derechos humanos. Es una insolencia, una inconsistencia, que Chile haya vuelto a elegir a una persona que se declara abiertamente en contra de las libertades individuales y del legítimo derecho que cada uno tiene a tomar nuestras propias decisiones.

Para mí, Piñera y sus hombres y mujeres de confianza son un retroceso en la conquista de los derechos sociales e individuales. Representan una cosmovisión egoísta, pobre, vacía y sesgada, refrendada en su sempiterna posición de privilegio y poder que los empuja a darnos lecciones de moral y a tratar de impedir que actuemos según lo que pensamos.

Yo quiero un país donde los dogmas de la iglesia católica no tengan cabida a la hora de legislar para todos. Un país donde se castigue la corrupción y el delito. Un país donde la máxima autoridad no justifique accionares asquerosos o abusivos sólo porque lo permite la legalidadUn país con una economía sólida, donde haya empleos, pero donde eso sea un medio y no un fin. Un país donde se entienda el problema medioambiental, se respeten los ecosistemas y tienda al desarrollo sostenible (y no se arrase con todo en pos del progreso).

Un país que avance hacia la tolerancia. Un país tranquilo, culto, empoderado y cívicamente responsable. Un país donde importe menos lo que cada uno tiene y se valore más lo que cada uno es. Un país donde nosotros y las futuras generaciones vivamos sin miedo a expresar lo que somos y lo que sentimos. Un país donde esté permitido ser diferente. Un país donde se nos trate como personas y no como simples números. Por eso no voto por Piñera.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Reportar anuncio > me parece ofensivo

Está claro que todos los formatos digitales son la mejor plataforma para hacer publicidad. Sin embargo, creo que existen negocios que deberían estar vetados en las redes sociales. El primero de todos ellos, sin duda, es la política.

Estoy cansado de ver publicidad en Instagram, pero me la banco porque sé que hay personas y empresas que necesitan darse a conocer a través de fotos lindas que, en el fondo, sólo buscan el clic a sus sitios. Bueno, eso es válido y todos estamos conscientes de que es parte de las reglas del juego.

Y aunque al parecer que no sirve de nada, siempre denuncio la publicidad de políticos. No importa del sector que sea: no me interesa ver ahí sus mensajes; tal como no me interesa este mensaje nefasto, anacrónico, discriminador, anquilosado, antediluviano, etc. que vi en mi timeline hace unos días.

Mi voto vale vida es lo más ofensivo que he visto en Instagram. ¿Qué se cree este grupo de seres decadentes y conservadores diciéndonos (diciéndo-me) qué es la vida y qué es la familia. ¿Familia según quién? ¿Me defiende a mí, a mis peces, a mi conveniente civil? ¿Defiende a la pareja que decide convivir sin casarse? ¿Defiende a dos hombres o dos mujeres que comparten su vida? Señores de Mi voto vale vida, les informo: todas ésas también son familias.

Creo que es hora de que nos movilicemos en contra de estos mensajes nefastos, que no hacen más que hundirnos en el subdesarrollo, promueven la discriminación y nos impulsan a vivir en una sociedad basada en el cartuchismo. Denunciemos, para que esto se acabe. Y en su defecto, si continúa, para que sólo sea un mensaje que difundan y defiendan entre ellos, en una endogamia moral que algún día habrá de terminar.

jueves, 12 de octubre de 2017

Menos ideología, más lucidez

Enciendo el televisor. Veo que que un candidato presidencial de la ultraderecha llama a que “la ideología comunista no destruya los valores cristianos...” y otro, en la trinchera opuesta, que declara que pertenece a un partido que es “un instrumento de izquierda popular y patriótica”.


Viví los últimos años de la Guerra Fría en total ignorancia. Sin embargo, me hice cargo de mi responsabilidad cívica y aprendí, a grandes rasgos, de qué se trató: básicamente, el enfrentamiento irreconciliable de dos bloques; dos formas opuestas ver la vida y de entender cómo funciona el mundo.


Hoy, casi 30 años nos separan de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. En el intertanto, Sudáfrica eligió a Mandela; volvió la democracia en Chile; clonaron una oveja; estalló una guerra en el Golfo; un Papa dimitió en el Vaticano; una mujer y un afroamericano fueron presidentes de Chile y Estados Unidos, respectivamente. Y así.


La última década del siglo XX avanzó con ritmo vertiginoso y la gente cambió. ¡El mundo cambió! Y nosotros, ad portas de una elección presidencial, aún seguimos enfrascados en la eterna dicotomía que tanto mal le ha hecho al mundo en su historia moderna, cual si para validarse hubiese que optar por uno u otro bloque, sin matices intermedios.
Estamos acostumbrados a tener que elegir entre posiciones opuestas; entre políticos que aún viven de miedos o añoranzas pasadas y que, muchas veces, sacrifican el sentido y el bien común, con tal de seguir fieles a los preceptos de sus partidos. Lástima que es una mirada añeja, sesgada, egoísta y anacrónica. ¡Es tiempo de cambiar!

¡Nicanor al rescate!
En este escenario político triste y añejo, que se mantiene vivo a costa de delirios y añoranzas, apareció en mi vida el poeta centenario: Nicanor Parra, en una entrevista concedida a la televisión española en plena dictadura chilena, por allá por 1987.


En ella dejó bien en claro que la confrontación de estas dos ideas antagónicas estaba devastando al mundo y que, en consecuencia, no daba abasto para solucionar los verdaderos problemas de la sociedad y sus hombres. Impresiona no sólo su lucidez, sino la mirada vanguardista y profundamente humana en cada una de sus palabras.

“Los pueblos pueden ser salvados por la poesía e-comprometida. O sea, la poesía comprometida con la supervivencia, con un no al enfrentamiento: la poesía comprometida con la noción de autorregulación del espíritu y de la sociedad, porque hemos visto que el choque de las ideologías tradicionales ha llevado al planeta a la situación desastrosa en que se encuentra: al borde del colapso”, aseguró hace 30 años.


¿Qué ideologías tradicionales? Parra responde: “Me estoy refiriendo al liberalismo o, para usar una palabra más fuerte, al capitalismo, y también al socialismo real, tal como lo conocemos (que) en el fondo lo que están haciendo (...) es reducir el planeta a la forma de artefactos. Le están dando forma de automóviles, refrigeradores, teléfonos, etcétera (...). Es decir, estamos transformando el planeta en chatarra”.
Amor infinito a Nicanor, un genio como pocos. Ya hace 30 años planteaba que la única forma de salvar el caos en el que está sumida la humanidad es terminar, de una vez por todas, con la confrontación de las cosmovisiones tradicionales (marxismo versus capitalismo). Además sugiere que nada sacamos si no incorporamos al entorno natural. ¡Un visionario!
Hombre, sociedad ¡y naturaleza!


Nicanor, genio transgeneracional, fue más allá con un planteamiento vanguardista: explicó que las sociedades deben enfrentar a una problemática triple, que incluye al individuo, a la sociedad… y a la naturaleza, en lo que él llamó ecología social.


“Parece que el problema básico de la cosmovisión tradicional consistiría en que no se ha entendido bien la relación del hombre con la naturaleza, por una parte, y por otra, la relación de los hombres entre sí (...). Las cosmovisiones tradicionales, tanto el liberalismo, como el socialismo, como el marxismo, resultan insuficientes para comprender la nueva situación en la que nos encontramos”, dijo a la periodista española


Ella queda descolocada. Ella, desde la infinita distancia geográfica e intelectual, no comprende fácilmente lo que Parra explica con tanta sencillez, y lo azuza para que dé definiciones basadas en la polarización política, en la dicotomía clásica, en el bien versus el mal.


Pero el ecopoeta insiste: “La relación de amo-esclavo es la que rige la totalidad de las relaciones sociales y las relaciones del hombre con la naturaleza. Habría que partir, entonces, de otro punto, en otros términos: no de Marx, sino más bien de Kropotkin, quien aparentemente entendió mejor la relación del hombre con la naturaleza y entendió mejor la relación de los hombres entre sí”.

Y por si alguien siguiera sin entenderlo, planteó una frase simple pero decidora; una frase que extraño en los políticos de primera o de cuarta categoría; una frase que deberíamos exigir a quienes aspiren a gobernarnos en los tiempos modernos, de respeto, de inclusión: “Lo único que se pide es un grado mayor de racionalidad, un grado mayor de lucidez”. Genio.


lunes, 4 de septiembre de 2017

Somos ignorantes y egoístas

Si tuviera que definir a los chilenos con sólo dos adjetivos diría que somos ignorantes y egoístas.

En general, somos ignorantes como sinónimo de falta de conocimiento. Al chileno no le interesa leer; no le interesa escuchar música bella; no le interesa saber más de política para votar informado; no le interesa hablar o escribir bien; no le interesa dar opiniones argumentadas; no le interesa ir a los museos; no le interesa invertir en alimento espiritual (y con esto no me refiero a la iglesia, sino que a lo que llena el alma: la belleza, el arte).

Lo que le interesa es el crecimiento económico, es tener un buen trabajo, es ganar más, es comprarse la mejor tele; es tener Netflix, CDF, internet, el mejor celular, ropa de marca. Lo que le interesa es la satisfacción instantánea mediante estímulos tan básicos como tener más amigos en Facebook o más likes en las publicaciones de Instagram. O sea, lo efímero, lo que no estimula el intelecto ni el corazón.

Diariamente, veo que en el transporte público las personas van mirando su celular. Todas. Sin excepción. Cuando me acerco para observar qué hacen, básicamente descubro que: 1) están en Facebook y 2) Están jugando Candy Crush (o cualquiera de sus símiles). Espacio en el Metro hay. La tecnología está. ¿Por qué nadie usa esas características para otros fines? ¿Por qué nadie se interesa por un estímulo verdadero?

Sin ir más lejos... ¿por qué nadie lee un libro, por ejemplo? Porque un buen libro, con una buena historia, es una de las mejores maneras de aprender, de elevar el espíritu a un nivel superior de imaginación y conocimiento. Y no digan que son muy caros, que el IVA, etc. Es cierto: son caros, pero hay muchas otras cosas aun más caras y la gente accede igual a ellas. Es decir, no es un tema de precio, sino de prioridad: a los chilenos no les interesa leer. Así de claro.

Otra manera pragmática de comprobar esta hipótesis es leer lo que los chilenos comentan en redes sociales. Es sorprendente. Es abominable. En su mayoría, son opiniones infundadas, ignorantes, llenas de juicios y prejuicios, llenas de incongruencias y, lo que es peor, insultos. Es vergonzoso que haya tanta gente que, libremente, se tome el tiempo para escribir eso. Es una pena que la ignorancia y la falta de criterio inunden y ensucien este espacio democrático digital.

Por pura ignorancia: por eso es que después tenemos que aguantar que muchos crean cuanta burrada aparece en las redes sociales, legitimando opiniones de sacerdotes místicos, videntes, pitonisas de pacotilla, contadores de cuentos, reveladores de conspiraciones -les hablo a ustedes, Salfate y Dr. File-, sismólogos de circo, detectores de catástrofes, vendedores de humo, falsos profetas, políglotas, saltimbanquis, malabaristas y cualquier bufón por el estilo.

¿País solidario?

Muy por el contrario de lo que nos han hecho creer con campañas como Teletón, Chile ayuda a Chile y todas ésas... yo creo que los chilenos no somos solidarios. Claro, si hay un trasfondo mediático y casi institucional, resulta lógico que haya ganas de colaborar con dinero. Pero ¿aportar plata es ser solidario? Yo creo que es ser subsidiario, nada más.

En lo cotidiano, vemos que cada quien vela por su propio metro cuadrado. En el Metro, en la micro, vemos que mientras haya goce y satisfacción personal, no importa si el otro está cómodo o no. Si yo voy bien, si yo me tengo que bajar en la próxima parada, no me importa si hay alguien que quiere subir. No me corro. Yo voy bien acá.

El egoísmo se ve en todos lados, en todas sus formas, incluso las más sutiles: el tipo que adelanta en su auto; el tipo que se salta la fila; el tipo que escucha música sin audífonos; el tipo que mira su celular en el cine; el tipo que maneja borracho; el que discrimina a los inmigrantes; el que se opone a los derechos de las diversidades; el que no quiere donar sus órganos; el que no compra un boleto en la rifa de Bomberos; el que bota la basura al suelo; el que fuma en lugares públicos; el que tose y no se tapa la boca; el que se para en el lado izquierdo de la escalera mecánica...

Nos falta mucha solidaridad y nobleza. Y eso es transversal, porque no sólo se aprecia en la calle, sino que también en las empresas (quiénes más egoístas), en la televisión, en el Congreso, en la política en general. Vemos cómo todas estas personas, antes que el mentado y prostituido bien común anteponen sus valores, su visión, sus intereses... algunos de manera más evidente que otros.

Somos un país de gente que tiene prioridades y valores muy trastocados. Gente que valora el tener en vez de ser. Gente que se preocupa sólo por el bienestar propio, pero que no tiene conciencia de un otro compartiendo los mismos espacios. Gente mal educada, amargada, poco amable. Gente que no es capaz de transmitir buena energía; que no es capaz de saludar, de ofrecer disculpa en la calle, de pedir por favor, de dar las gracias; gente que va al mall en vez de al parque... Viéndolo así, podría agregar un tercer adjetivo: gente insensible.

martes, 2 de junio de 2015

Carta abierta

         Es probable que pocos conozcan a Enrique Santos Discépolo por su nombre, pero sí por su obra; él fue quien escribió un tango que ha trascendido las fronteras y el tiempo: se trata de Cambalache. Y aunque hace mucho que estoy familiarizado con esta trascendental pieza, nunca hasta ahora su mensaje me había hecho tanto sentido con frases como ésta:

“No hay aplaza’os ni escalafón;
los inmorales nos han iguala’o:
si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que si es cura,
colchonero, rey de basto,
cara dura o polizón”.


Afirmo lo anterior con total convencimiento y responsabilidad, en vista de que he tenido que ser testigo de cómo funciona el negocio para una mayoría que ejerce cargos de alta responsabilidad no necesariamente por sus competencias, sino porque cuentan con venia política o, lo que es peor, porque son parte de un círculo de amistades de otros que ostentan más poder aún.

           Aclaro que no me tomaría el tiempo de reflexionar sobre este declive de los valores morales si solamente ocurriera en un ente abstracto e impersonal como ‘la sociedad’; porque creo que sería un recurso simplista y no del todo honesto aludir al problema de modo genérico: ‘la gente’, ‘el país’ o ‘los chilenos’. Es cierto: la pérdida del sentido de lo bueno versus lo malo, de lo correcto versus lo incorrecto, está arraigada en la sociedad, pero también se vive en lo cotidiano: está, por ejemplo, en varias oficinas de esta institución del Estado, de cuyos logros muchos se vanaglorian sin estar aportando efectivamente a su engrandecimiento.

        Desde mi perspectiva, esta tendencia -eufemismo para no ocupar la palabra precisa: vicio- redunda en que muchos hayamos tenido que sobrellevar la humillante situación de ser comandados por jefaturas que, en lo profesional, no parecen contar  con un perfil idóneo, conocimientos técnicos ni capacidad de liderazgo. Si a esto se agrega un comportamiento errático y muchas veces carente de modales básicos de convivencia, el resultado no es un muy alentador como para continuar.

          Asumo que es probable que algunos que llevan años inmersos en este contexto afirmen que es así como se manejan los asuntos en las instituciones públicas: es decir, dependiendo de los caprichos e intereses de quienes momentáneamente están en el poder. Seguro que ellos también consideran que hay que saber acomodarse a estas condiciones y que es mejor trabajar sin desgastarse por intentar cambiar estas prácticas tan arraigadas.

         Respeto a quienes piensan así, pero no comparto su postura en lo absoluto; porque, desde mi punto de vista, un profesional de excelencia es aquel que, aun consciente de su contexto mediocre, exige que el trabajo se haga con estándares de calidad que garanticen resultados óptimos para quienes, en definitiva, pagan nuestro  sueldo. De lo contrario, sólo estamos en presencia de funcionarios de segunda categoría, autocomplacientes y acomodadizos, cuyo único objetivo será mantener una ocupación y asegurar una suculenta entrada económica a mediado de cada mes.

       Es por eso que hoy emprendo nuevos rumbos a la empresa privada: porque este desolador panorama en el servicio público es incompatible con mi formación ética y valórica. No me siento cómodo siendo parte de una institución que en el papel hace un trabajo ‘de excelencia’, pero que en la práctica alienta proyectos insulsos, defiende posiciones mezquinas y potencia jefaturas pusilánimes, pero no líderes.

          Por cierto que no es mi intención generalizar: no digo que todos sean mediocres, perezosos y/o maleducados (hace un tiempo tuve jefas admirables en todo sentido); tampoco me refiero al instituto como un todo, porque, aunque me temo que este modelo se replica, no conozco los antecedentes para afirmarlo. Yo me refiero, única y exclusivamente, a lo que he vivido en el último tiempo: hablo de mis intentos de sortear con dignidad ese hálito de banalidad y autocomplacencia que a menudo invade nuestras oficinas, y de mis esfuerzos infructuosos por entender una lógica de trabajo desorganizado y sin rumbo claro.

          A riesgo de parecer desagradecido, crítico o poco visionario, también hablo de las limitaciones que implica ser parte de un equipo y de un proyecto digital  incomprendido, que no está en la lista de prioridades de ninguna autoridad, por lo menos en términos operativos. Honestamente, creo que la mentalidad anquilosada y chovinista de algunas de ellas nunca dará paso al desarrollo real de ideas vanguardistas y con tanto alcance social como es el sitio web de ChileAtiende.

         Así que con todo esto, ¿qué perspectivas profesionales tienen las personas justas y los espíritus inquietos que no se conforman con pasar sus días como autómatas? ¿Qué ganas de continuar le quedan a alguien que tiene intenciones de mejorar la calidad de vida de los otros, pero que se encuentra con que la mirada de ellos a veces queda relegada por otras prioridades de dudosa procedencia? ¿Qué motivación real existe para un periodista serio y comprometido que sigue creyendo en la meritocracia aunque aún no se haya topado con ella?

        La respuesta más consecuente y honesta a estas inquietudes no tiene lugar a discusión: debo alejarme de los vicios solapados y no dejarme contaminar en el intento. Por fortuna, tengo las ansias de libertad y el espíritu de supervivencia suficiente como para no querer hundirme en la mezquindad y para saltar de la proa de este barco que zozobró hace tiempo y que, siendo honestos, tiene pocas posibilidades de enmendar el rumbo si sigue siendo guiado por los mismos capitanes.

         Si para algunos esto es un acto de cobardía, para mí no. Sé que nadie es mártir en ninguna institución, pero estoy convencido de que en esta decisión hay un profundo amor por la labor social bien entendida, y un alto grado de desprendimiento. No es sencillo renunciar al servicio público cuando se tiene la convicción de que nuestro trabajo engrandece a Chile; así como tampoco es tarea fácil claudicar en los anhelos de mejorar la vida de quienes realmente necesitan de la asistencia del Estado en su conjunto.

        Espero que esto cambie. De ahora en más, soñaré con el día en que el instituto se llene de mentes brillantes, capaces y comprometidas, que trabajen para enriquecer al país y no para enriquecerse. Esperaré con ansias el momento en que este modelo se agote y sea destruido, y dé paso a otro que reúna a los mejores profesionales, con intenciones loables, para trabajar juntos por un país mejor. Y tal vez cuando eso ocurra hasta me seduzca la idea de volver con nuevos bríos… olvidando para siempre las estrofas que cierran mi carta y que, a la vez, son las últimas que se pueden escuchar en el famoso tango argentino:

“No pienses más,
sentate a un la’o,
que a nadie importa si naciste honra’o.
Es lo mismo el que trabaja
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata,
que el que cura
o está fuera de la ley”.