miércoles, 18 de noviembre de 2015

El amor como motor del mundo

Creación de Jean Jullien
Aunque la evidencia de los últimos tiempos pareciera demostrar que el hombre es el lobo del hombre, no estoy de acuerdo con la interpretación de la obra de Thomas Hobbes que señala que somos malos por naturaleza: yo creo en la bondad y en el amor como el motor del mundo.

Por lo mismo, tengo fe en que los atentados terroristas en París serán un impulso para rebelarnos; pero no para levantarnos en armas, como algunos dignatarios han propuesto, sino para demostrar con gestos, grandes y pequeños, que estamos contra la violencia y las luchas por ideales mezquinos y antediluvianos, sean de la índole que sean.

Pruebas de esto hay muchas: la indignación de millones de usuarios de redes sociales; mensajes de líderes en todo el mundo; y manifestaciones como el discurso de Madonna, el pianista que tocó “Imagine” afuera del Bataclan o el joven musulmán que ofreció abrazos en París.

Personalmente, respeto todos las iniciativas para manifestarse contra el odio y la violencia -excepto, claro, el odio y la violencia-, porque todas nacen de la legítima aspiración a vivir en un mundo pacífico en el que todos podamos convivir aunque no todos pensemos igual.

Por eso me entristece que proliferen posturas odiosas que invalidan sentimientos y libertades. ¿Por qué criticar a quienes piden u ofrecen una oración? ¿Qué de malo hay en compartir una imagen en las redes? ¿Cuál es el detrimento hacia la causa pacifista y humanitaria si lloro la muerte de los hombres y mujeres de París?

Las energías invertidas en esas posturas ingrávidas no hacen más que desvirtuar el foco de lo que verdaderamente importa: el repudio de la violencia y el clamor de todo un planeta que exige la deposición de las armas… en París, en Siria, en China o en Venezuela. Porque, en verdad, no importa la forma, sino el fondo.

Concuerdo con quienes alzan la voz denunciando que en otras naciones también hay dolor y muerte. Eso también es repudiable, pero en ningún caso debería ser tomado como una nueva arma de batalla, como un ideal para atizar a un grupo de incautos que caen en el mismo juego del odio aunque en una escala menor.

Basta ya de ennegrecer el panorama con ráfagas de palabras virulentas y llamados mezquinos a tomar partido o por París o por el Medio Oriente. Más allá del impacto y la cobertura mediática inicua entre las realidades de Europa y otras latitudes -y eso es una tarea pendiente-, episodios como estos deben avergonzarnos y movilizarnos siempre.

Al final, todo suma y crea conciencia: desde lo cósmico y lo divino hasta lo más práctico (porque como opinó el Dalai Lama, “no sólo con oraciones se acaba el conflicto”). Así se construye una sociedad homogénea, respetuosa y libre. En otras palabras, un mundo mejor.

martes, 2 de junio de 2015

Carta abierta

         Es probable que pocos conozcan a Enrique Santos Discépolo por su nombre, pero sí por su obra; él fue quien escribió un tango que ha trascendido las fronteras y el tiempo: se trata de Cambalache. Y aunque hace mucho que estoy familiarizado con esta trascendental pieza, nunca hasta ahora su mensaje me había hecho tanto sentido con frases como ésta:

“No hay aplaza’os ni escalafón;
los inmorales nos han iguala’o:
si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que si es cura,
colchonero, rey de basto,
cara dura o polizón”.


Afirmo lo anterior con total convencimiento y responsabilidad, en vista de que he tenido que ser testigo de cómo funciona el negocio para una mayoría que ejerce cargos de alta responsabilidad no necesariamente por sus competencias, sino porque cuentan con venia política o, lo que es peor, porque son parte de un círculo de amistades de otros que ostentan más poder aún.

           Aclaro que no me tomaría el tiempo de reflexionar sobre este declive de los valores morales si solamente ocurriera en un ente abstracto e impersonal como ‘la sociedad’; porque creo que sería un recurso simplista y no del todo honesto aludir al problema de modo genérico: ‘la gente’, ‘el país’ o ‘los chilenos’. Es cierto: la pérdida del sentido de lo bueno versus lo malo, de lo correcto versus lo incorrecto, está arraigada en la sociedad, pero también se vive en lo cotidiano: está, por ejemplo, en varias oficinas de esta institución del Estado, de cuyos logros muchos se vanaglorian sin estar aportando efectivamente a su engrandecimiento.

        Desde mi perspectiva, esta tendencia -eufemismo para no ocupar la palabra precisa: vicio- redunda en que muchos hayamos tenido que sobrellevar la humillante situación de ser comandados por jefaturas que, en lo profesional, no parecen contar  con un perfil idóneo, conocimientos técnicos ni capacidad de liderazgo. Si a esto se agrega un comportamiento errático y muchas veces carente de modales básicos de convivencia, el resultado no es un muy alentador como para continuar.

          Asumo que es probable que algunos que llevan años inmersos en este contexto afirmen que es así como se manejan los asuntos en las instituciones públicas: es decir, dependiendo de los caprichos e intereses de quienes momentáneamente están en el poder. Seguro que ellos también consideran que hay que saber acomodarse a estas condiciones y que es mejor trabajar sin desgastarse por intentar cambiar estas prácticas tan arraigadas.

         Respeto a quienes piensan así, pero no comparto su postura en lo absoluto; porque, desde mi punto de vista, un profesional de excelencia es aquel que, aun consciente de su contexto mediocre, exige que el trabajo se haga con estándares de calidad que garanticen resultados óptimos para quienes, en definitiva, pagan nuestro  sueldo. De lo contrario, sólo estamos en presencia de funcionarios de segunda categoría, autocomplacientes y acomodadizos, cuyo único objetivo será mantener una ocupación y asegurar una suculenta entrada económica a mediado de cada mes.

       Es por eso que hoy emprendo nuevos rumbos a la empresa privada: porque este desolador panorama en el servicio público es incompatible con mi formación ética y valórica. No me siento cómodo siendo parte de una institución que en el papel hace un trabajo ‘de excelencia’, pero que en la práctica alienta proyectos insulsos, defiende posiciones mezquinas y potencia jefaturas pusilánimes, pero no líderes.

          Por cierto que no es mi intención generalizar: no digo que todos sean mediocres, perezosos y/o maleducados (hace un tiempo tuve jefas admirables en todo sentido); tampoco me refiero al instituto como un todo, porque, aunque me temo que este modelo se replica, no conozco los antecedentes para afirmarlo. Yo me refiero, única y exclusivamente, a lo que he vivido en el último tiempo: hablo de mis intentos de sortear con dignidad ese hálito de banalidad y autocomplacencia que a menudo invade nuestras oficinas, y de mis esfuerzos infructuosos por entender una lógica de trabajo desorganizado y sin rumbo claro.

          A riesgo de parecer desagradecido, crítico o poco visionario, también hablo de las limitaciones que implica ser parte de un equipo y de un proyecto digital  incomprendido, que no está en la lista de prioridades de ninguna autoridad, por lo menos en términos operativos. Honestamente, creo que la mentalidad anquilosada y chovinista de algunas de ellas nunca dará paso al desarrollo real de ideas vanguardistas y con tanto alcance social como es el sitio web de ChileAtiende.

         Así que con todo esto, ¿qué perspectivas profesionales tienen las personas justas y los espíritus inquietos que no se conforman con pasar sus días como autómatas? ¿Qué ganas de continuar le quedan a alguien que tiene intenciones de mejorar la calidad de vida de los otros, pero que se encuentra con que la mirada de ellos a veces queda relegada por otras prioridades de dudosa procedencia? ¿Qué motivación real existe para un periodista serio y comprometido que sigue creyendo en la meritocracia aunque aún no se haya topado con ella?

        La respuesta más consecuente y honesta a estas inquietudes no tiene lugar a discusión: debo alejarme de los vicios solapados y no dejarme contaminar en el intento. Por fortuna, tengo las ansias de libertad y el espíritu de supervivencia suficiente como para no querer hundirme en la mezquindad y para saltar de la proa de este barco que zozobró hace tiempo y que, siendo honestos, tiene pocas posibilidades de enmendar el rumbo si sigue siendo guiado por los mismos capitanes.

         Si para algunos esto es un acto de cobardía, para mí no. Sé que nadie es mártir en ninguna institución, pero estoy convencido de que en esta decisión hay un profundo amor por la labor social bien entendida, y un alto grado de desprendimiento. No es sencillo renunciar al servicio público cuando se tiene la convicción de que nuestro trabajo engrandece a Chile; así como tampoco es tarea fácil claudicar en los anhelos de mejorar la vida de quienes realmente necesitan de la asistencia del Estado en su conjunto.

        Espero que esto cambie. De ahora en más, soñaré con el día en que el instituto se llene de mentes brillantes, capaces y comprometidas, que trabajen para enriquecer al país y no para enriquecerse. Esperaré con ansias el momento en que este modelo se agote y sea destruido, y dé paso a otro que reúna a los mejores profesionales, con intenciones loables, para trabajar juntos por un país mejor. Y tal vez cuando eso ocurra hasta me seduzca la idea de volver con nuevos bríos… olvidando para siempre las estrofas que cierran mi carta y que, a la vez, son las últimas que se pueden escuchar en el famoso tango argentino:

“No pienses más,
sentate a un la’o,
que a nadie importa si naciste honra’o.
Es lo mismo el que trabaja
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata,
que el que cura
o está fuera de la ley”.

martes, 20 de enero de 2015

Castigo y tratamiento, por el amor de Dios

          Imposible mantenerse al margen de los acosos de Javier Soto, autoproclamado y mediáticamente conocido “pastor Soto”.  Vi la persecución a Luis Larraín en el centro de Santiago; repasé varias de sus intervenciones en TV; y he hecho un seguimiento de sus escándalos en el Congreso (incluida la vergonzosa afrenta contra el diputado Claudio Arriagada).

          No soy ni sicólogo ni siquiatra, pero he estado relacionado con ellos por los quehaceres propios de mi trabajo como periodista. Por lo mismo -y guardando el respeto por esos profesionales- he aprendido a reconocer patrones de conducta alterada, y a identificar perfiles de personas que tienen desórdenes emocionales y mentales.

          Y en este caso claramente se trata de alguien con severos problemas siquiátricos que redundan en un comportamiento disociado de la realidad.  Por su actuar, se desprende que en él no hay control de la ira ni de sus impulsos; no hay conciencia del respeto por la privacidad del otro ni de la responsabilidad inherente al cargo religioso que ostenta; no hay apego a las convenciones sociales ni el más mínimo respeto por las instituciones de la sociedad civil.
En resumidas cuentas, me parece que es un desadaptado social producto de su inestabilidad mental.

       Es tan claro que ese fanatismo asociado al terrorismo en su expresión más pura (“Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”) va más allá de lo religioso o valórico. Es un desorden generalizado que está lejos de aquéllos que, aun profesando una postura igualmente intransigente en estos temas, no tienen comportamientos violentos, ofensivos, descontrolados ni ridículos.     
   
     O sea que, por el contrario de lo que muchos opinan, yo creo que no se trata sólo un religioso recalcitrante, sino que una persona enferma que requiere con urgencia ser tratada como tal. Si ninguna entidad se hace eco de esta necesidad, seguirá siendo una molestia y un peligro… no sólo para la comunidad LGBT, sino que para todos aquellos que no comulguen a su visión de la sociedad y del mundo. 
 ¿Qué hacer con él?

        Como creo en la libertad de expresión, hasta hace poco pensaba que bastaba con ignorarlo, con no darle pantalla ni hacerse parte de sus divagaciones (o sea, respetar el viejo proverbio de "Cada loco con su tema"). Así, sus sermones moralistas no serían más que una molesta anécdota surgida de una persona ignorante y obcecada. Pero ahora cambié de opinión.

       Es una alternativa, pero no basta sólo con el castigo social, con funarlo en las redes sociales. No podemos aceptar que el justo derecho a expresar nuestras diferencias sea ejercido con tal nivel de violencia y atropello hacia la integridad de los demás, por muy distinto que piensen. Por eso, todos los esfuerzos individuales y colectivos serán válidos para que sus actos irrespetuosos y desvergonzados no queden impunes.

         Sus constantes y repetitivos arranques coléricos no pueden ser naturalizados como un mecanismo válido para manifestar una postura erróneamente relacionada con un cariz religioso que de cristiano no tiene nada. (Vergüenza debe darles a quienes verdaderamente profesan y manifiestan el sentido literal y espiritual de esta palabra).

          Por eso, un tratamiento médico y un procedimiento judicial con una condena justa serían claras señales de que en Chile sí se hacen esfuerzos por reivindicar los derechos que todos tenemos como seres humanos y ciudadanos de un país libre que aspira a la igualdad de todos... más allá de la orientación sexual o la identidad de género.

martes, 23 de diciembre de 2014

Please, don't stop the music!




Hace casi un mes escribí en mi cuenta de Twitter para hacer notar lo irresponsables o francamente ignorantes que son muchos de los peatones que caminan por las veredas de Santiago. Me hago responsable de los adjetivos, consciente de que no se trata de simples prejuicios, sino que de un juicio basado en mi experiencia diaria.

Tengo el privilegio de poder caminar de mi casa al trabajo. Día a día, durante el trayecto soy testigo de cómo los peatones no respetan ni la más mínima normativa de tránsito ni de sentido común. No es sólo que crucen la calle con luz roja: también cometen actos tan irracionales como cruzar, precisamente, cuando la luz que ha estado verde todo el tiempo cambia a roja.

He visto cómo ‘se lanzan’ a la calle cuando vienen automóviles a alta velocidad y a distancias ridículamente cortas;  cómo se inmiscuyen entre los autos que están detenidos a la espera de que avance el de adelante; cómo, para asegurarse, al llegar a una calle miran para el lado contrario y se lanzan aunque los autos estén al acecho.

Pero uno de los peores vicios que compruebo a diario es que no ‘sueltan’ el teléfono cuando caminan por la vereda; pero el problema se agrava cuando siguen teniendo este comportamiento incluso al esperar que el semáforo cambie.

El hecho de que estén pendientes de las redes sociales o enviando mensajes de texto mientras cruzan es grave, pues no atienden ningún estímulo visual ni auditivo: simplemente, son unos autómatas que pasan con la mirada fija en sus pantallas, independientemente de que en su entorno haya un peligro inminente.



Con todo, he comprobado que el denominador común es la falta de concentración, la irresponsabilidad o la ignorancia, pero no el hecho mismo de transitar con audífonos. Por eso, creo que modificar la ley para sancionar a quienes transiten escuchando música no sólo es coartadora, sino que además es francamente ridícula.



Estoy convencido de que en el triste caso de que este proyecto fuera aprobado, el panorama no cambiaría. Porque para eso hay que hacer modificaciones más profundas: más inversión en infraestructura vial, sanciones efectivas para quienes infringen las normas del tránsito que ponen en riesgo la vida de las personas, y propiciar un cambio cultural, fomentando el autocuidado más que las sanciones como ésta. 

Por eso, mientras pueda evadir el estresante ruido de la ciudad a través de la música, defenderé el derecho que cada uno tiene a escucharla cuándo y dónde le plazca (sin transgredir a los demás). Otro asunto es el autocuidado, que es una responsabilidad personal que va más allá de ideas populistas y difíciles de implementar.

lunes, 27 de octubre de 2014

Vivan y dejen vivir (a propósito del niño que tiene dos papás)



(Foto: Reproducción Movilh)
Hoy tuve una conversación con una de las mujeres de mi vida; una amiga entrañable a quien conozco desde hace casi 15 años: Andrea, @negracuriche o, simplemente, Andreíta, como suelo decirle. Con su sensibilidad y desparpajo habitual, me contó que con su novio habían estado conversando sobre Nicolás tiene dos papás y de cómo ellos no habrían de necesitar un libro como aquél para, cuando llegue el momento, explicarles a sus hijos qué y cómo hay que hablar de la homosexualidad.


¿La razón? Ella tiene un acercamiento natural hacia el tema, porque desde siempre ha estado rodeada de amigos, amigas, colegas y quién sabe cuántos parientes o conocidos más que son homosexuales. Sabe que la sexualidad es una anécdota dentro del complejo mundo que somos los seres humanos y que, bajo ninguna circunstancia, lo que sentimos o lo que nos gusta en la intimidad es un factor suficiente para etiquetar o juzgar a una persona. O a muchas.


Mi gran desconsuelo es que, por desgracia, no todos piensan como ella. Y mientras eso no cambie, seguiremos estancados en un país donde la publicación de un libro como ‘Nicolás tiene dos papás’ acapara portadas y minutos de TV, y se instala como un tema en la cuestionable ‘agenda valórica’ de personas y sectores que se arrogan el derecho de decidir qué hacemos con nuestras vidas.


Todos somos libres de pensar de manera diversa y sé que precisamente en la divergencia está la gracia; pero una cosa es pensar y la otra obligar a que quien está al lado piense como uno. Una cosa es concebir la realidad desde un enfoque, pero otra es deslegitimar a los que están parados en la vereda opuesta. En fin, una cosa es ser lo que queremos, con lo que nos conformamos, y otra muy distinta es obligar a los demás a que sean como yo (o responsabilizarlos de nuestras propias represiones).


En el caso particular de ‘Nicolás tiene dos papás’ el problema es aún más grave, porque sus opositores no solamente intentan sin éxito negar una opción de vida en pareja, de formar familia, sino que, de paso, invisibilizan los verdaderos valores que este cuento transmite: amor, tolerancia, gratitud, sana convivencia, etcétera.


En un Chile donde existen tantos problemas que resolver, tantas brechas que acortar y tanto por seguir creciendo (no sólo en lo económico, sino que en lo cultural y emocional… para poder construir de una vez por toda un alma-país reconocible) es tan desalentador comprobar que continuamos estancados en una ‘polémica’ de poca sustancia, alimentada por gente ignorante y egocéntrica que malgasta su energía en defender lo indefendible…


… Y es el hecho de que, aunque a algunos les incomode o incluso les moleste la existencia de lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros (la orgullosa comunidad LGBT), las sociedades seguirán avanzando hacia un futuro donde el concepto de familia no sólo estará delimitado por la triada papá-mamá-hijos, sino que se abrirá a todas las formas de amar que conoce el ser humano. 


Y para eso hay que estar preparados como persona, como familia y como país. Más temprano que tarde tendrán que llegar las modificaciones legislativas que regulen y equiparen los derechos que todos tenemos. Y mientras ese día llega, bien vale celebrar iniciativas como la de este libro infantil, que es un gran paso hacia el cambio social y cultural que tanta falta le hace a este país.


lunes, 2 de junio de 2014

Naciones sin territorios, ciudadanos del mundo

El año pasado visité la Patagonia chilena por primera vez. Aprovechando el buen tiempo, también me aventuré a tierras argentinas a través del paso fronterizo Río don Guillermo, muy cerca del Parque Nacional Torres del Paine. ¿Mi objetivo allende Los Andes? Visitar el que, según muchos, es uno de los espectáculos más hermosos de la región: el glaciar Perito Moreno.

El viaje dura casi diez horas, contando la ida y el regreso. El bus es pequeño; y el frío, intenso. Pero una vez en el destino, ninguna de esas vicisitudes logra opacar en lo más mínimo la experiencia de encontrarse situado frente a frente con aquella inmensa pared de hielo azul de más de 30 metros de alto. Sobrecogedor.


Perito Moreno
Vista lateral del glaciar Perito Moreno, en Argentina.
La travesía desde Chile consideraba la compañía de un guía que no sólo habló del glaciar y su privilegiado entorno, sino que también enfatizó en las circunstancias que han permitido que el Perito Moreno sea considerado como patrimonio de la humanidad por la UNESCO y que el gobierno argentino lo potencie tanto como atractivo turístico y lo proteja celosamente de cualquier tipo de amenaza.

“Lástima que en Chile no exista una regulación como la Ley de protección de los glaciares”, pensé con tristeza. Sabía que aquella reflexión podía ser compartida con varios compatriotas que querríamos apoyar la causa, pero sin tener que cambiar nuestro ritmo de vida; sin tener que convertirnos en activistas. "Qué pena que esa pretensión no sea posible”, proseguí.s de las redes socialesestar a travde Barcelona, en mayo de 2011, el sociormas de comunicacitirnos en activistas"

Afortunadamente, me equivoqué. Los chilenos que aspiraban a contar con una legislación similar a la argentina no eran tan sólo varios -como supuse-, sino que, no conforme con ser miles, se estaban organizando para dar vida a una idea que se ajustaba a esa pretensión y que, que por ese entonces, parecía idealista o más bien una locura: la República Glaciar.

Todos conectados


¿Una república con ciudadanos, leyes y pasaporte oficial? En efecto: un país donde -según su propia constitución- “sus ciudadanos se comprometen a proteger estas enormes masas de hielo, fuentes de agua y de vida, y (…) que velaría por su protección hasta que hubiese una Ley de glaciares”.

Logo de la República Glaciar.
La idea se formalizó hace tan solo dos meses, pero se propagó con asombrosa velocidad en las redes sociales, especialmente en Twitter, donde se hizo un llamado a todos quienes tuvieran esta conciencia ecológica para que se convirtieran en ciudadanos de esta nueva república.

Pero sin duda, no se trata sólo de una pretensión ambientalista, sino que también representa un discurso mediático cohesionado tendiente a poner en la ‘agenda pública’ un tema relevante para, al menos, 131 mil personas que ya se han convertido en ciudadanas.

En este escenario, la rápida circulación del contenido mediático que representa la República Glaciar puede ser entendida por la participación activa de los actores involucrados, quienes -en palabras de Henry Jenkins- “están aprendiendo a emplear (…) diferentes tecnologías mediáticas para controlar mejor el flujo de los medios y para interaccionar con otros consumidores.” (28).

Profundizando en el análisis del autor norteamericano en su libro “La cultura de la convergencia de los medios de comunicación”,  coincido en que la rapidez con la que se concretó la idea es coherente con que las personas “(…) ponen en común sus ideas e informaciones, se movilizan para promover intereses comunes y funcionan como intermediarios populares para garantizar que los mensajes importantes y los contenidos interesantes circulen más ampliamente.” (243).

Y esto es, efectivamente, lo que ocurrió aquí: las personas comenzaron a intercambiar sus impresiones con los demás mediante grupos de discusión virtual, colaborando para garantizar que todo aquel que invirtiera tiempo y esfuerzo en difundir, lograra una experiencia enriquecedora como parte de un ‘sentir popular’.


Isabel Allende, ciudadana de la República Glaciar
(Foto: Greenpeace).
El contexto de una comunicación mediática digital también ayudó favorablemente al proyecto, en un claro ejemplo de lo que Carlos Scolari denomina mediaciones, entendidas como un conjunto de “(…) procesos de intercambio, producción y consumo simbólico que se desarrollan en un entorno caracterizado por una gran cantidad de sujetos, medios y lenguajes interconectados tecnológicamente de manera reticular entre sí.” (113-114)

¿Sabían los organizadores que la clave en este caso, entonces, estaba en la capacidad de crear redes de personas, nuevos ciudadanos conscientes, conectados entre sí, mediatizados por documentos e información compartida y por los dispositivos de comunicación disponibles? Misterio. Lo que sí salta a la vista es que ésta es una característica fundamental de las nuevas formas de comunicación.

Para contextualizar tal afirmación, citaré a Manuel Castells, quien en una charla ofrecida en las acampadas de Barcelona, en mayo de 2011, compartió esta idea con jóvenes que se habían organizado a través de las redes sociales para protestar por la situación social de su país:

"¿Cuál es el cambio fundamental que hemos observado en los últimos años? Es el paso de un sistema dominado totalmente por la comunicación de masas, centrada en los medios de comunicación (…) a un sistema de lo que yo llamo de autocomunicación de masas a través de internet y de las redes móviles".

Y continuó asegurando que “por autocomunicación de masas podemos entender la capacidad de cada persona de emitir sus mensajes, seleccionar los mensajes que quiere recibir, organizar sus propias redes, ponerse de acuerdo con otras personas en redes en internet, en que los contenidos, las formas, los participantes en esas redes son decididos autónomamente”.

La observación de Castells concluye que los movimientos sociales han aprovechado esta autonomía comunicativa creciente para organizarse y ampliar la movilización, inventando nuevos cauces participativos, sin pasar por las instancias en las que las personas son consumidores pasivos de información.

En otras palabras, hoy se configura el escenario social y tecnológico ideal para que, irónicamente, esta idea de Greenpeace ‘prendiera’ tan rápido a tan solo dos meses de su creación oficial, como se puede comprobar en el siguiente gráfico, creado en base a la información publicada en la cuenta de Twitter de Greenpeace:


La demanda


Desde el comienzo, la creación de este nuevo estado no estuvo pensada solamente como una manera de juntar a personas con un pensamiento afín. También perseguía un objetivo claro: “Cuando fundamos República Glaciar, nos propusimos como reto que el nuevo Gobierno en Chile se comprometiese con un territorio olvidado y desprotegido: los glaciares chilenos”, escribió Asensio Rodríguez, director de recaudación de fondos de Greenpeace.

Esta declaración de intenciones nos lleva a un plano menos inocuo, ya que conlleva una exigencia al Ejecutivo, al conminarlo no sólo a pronunciarse al respecto, sino que además a pensar y promulgar un proyecto de ley. Es decir, se transformó en una exigencia ciudadana.

La contingencia política del país hizo que, afortunadamente para sus afanes, la República Glaciar pudiera definir un hito claro para obtener una respuesta a este ‘clamor popular'. Con el hashtag #GlaciaresEl21, miles de personas hicieron un llamado a la presidenta Bachelet para que se pronunciara al respecto, en un proceso que se transformó en un claro ejemplo de lo que Jenkins llama la inteligencia colectiva:

“La convergencia se produce en el cerebro de los consumidores individuales y mediante sus interacciones sociales con otros. Esta conversación crea un murmullo cada vez más valorado para la industria mediática: la inteligencia colectiva.” (15)

Y es que, siguiendo la línea de reflexión de Jenkins, “(…) las destrezas que adquirimos pueden tener implicaciones en nuestra manera de aprender, trabajar, participar en el proceso político y contactarnos con otras personas de todo el mundo”. (32)

A esa altura, la iniciativa ya estaba legitimada a través de los medios y las redes sociales, como una comunidad con mayor poder de negociación que si fuera sólo una organización exigiendo derechos para las enormes masas de hielo. Ahora eran usuarios-consumidores-ciudadanos. Ahora era una república, y como tal podía poner sus demandas 'sobre la mesa'.

Es que un grupo organizado se empodera y hace escuchar su voz de modo más articulado y más fuerte. Así, la confianza que otorga la inteligencia colectiva hace cambiar, incluso, el tono de los discursos, al punto de no temer interpelar directamente a la máxima autoridad chilena:

“Pídele a la Presidenta Michelle Bachelet que en su discurso incluya la protección de glaciares y asuma la responsabilidad de protegerlos por ley. Tuitea y comparte estos mensajes para que el 21 de mayo cambie la historia de los glaciares”, versaba, por ejemplo, la consigna en el sitio web de la República Glaciar. Conciso y directo: inimaginable en otros tiempos.






Tres fases: nacimiento de la República Glaciar, el emplazamiento y el festejo por la demanda escuchada.

Es claro que, como señala Castells, “a partir del momento en que surge una dinámica espontánea de organización en red, en internet, en las calles y la red interpersonal; ahí, cuando las personas ya no están solas, saben que están juntas, se produce el cambio mental más fundamental de todos: se pierde el miedo a decir y a hacer”.

“Y en la superación del miedo, entonces, a través de esa reunión de proyectos individuales que se transforman en colectivos sin dejar de ser individuales, a partir de ahí se empiezan a plantear críticas, alternativas y debates sobre qué otras formas de vida todavía son posibles”, continúa.

Y sí que fue posible, ya que en el más reciente discurso del 21 de mayo, la presidenta de la República de Chile lo dijo: Otra de las materias sobre las cuales debemos poner nuestra máxima atención es en el cuidado de los glaciares. Los glaciares representan una fuente de agua dulce de un valor incalculable. Presentaremos un proyecto de ley que proteja los glaciares y su entorno, haciéndolo compatible con las necesidades y aspiraciones nacionales y regionales”.

¡Primer logro concreto en la historia republicana de esta joven nación! Y, como tal, fue celebrado como se puede apreciar:



Es en instancias como éstas en las que el poder de un proyecto pensado desde lo ecológico, pero concretado desde lo tecnológico, adquiere su verdadero sentido. La sola mención en el mensaje presidencial del pasado 21 de mayo evidencia que la República Glaciar tiene mayor poder de negociación, y nos hace pensar que Castells estaba en lo cierto cuando señaló que:

“En la medida en que hay un cambio en el entorno de la comunicación, hay un cambio organizativo, y hay un cambio tecnológico. Cambian los procesos de comunicación y, por consiguiente, cambian también las relaciones de poder”.

Crisis del Estado-Nación


Cuando niños aprendimos conceptos derivados de la ciencia política; uno de ellos, quizás el más cercano por cuanto estamos inmersos en él en lo cotidiano, es el de Estado-Nación, con sus tres características fundamentales bien identificadas: 
  • Poseer un Gobierno.
  • Contar con una población con una historia común.
  • Desarrollarse en los márgenes de un territorio.
Hasta antes de la irrupción de la tecnología y de la capacidad de los usuarios de internet para organizarse en comunidades, este concepto no había sufrido golpes tan certeros. Pero lo cierto es que, hoy en día, el ejemplo de la República Glaciar demuestra que es posible pensar en nuevas naciones, nuevos gobiernos, nuevas repúblicas… Todo virtual.

Porque para lograrlo, no hace falta más que un elemento: una idea compartida. De ahí en más, es tarea de los usuarios comenzar a conformar las características particulares de una comunidad, cuyos contenidos se sustentan en la tecnología, pero principalmente en el entorno cultural en el que se desarrollan, tal como señala Henry Jenkins:

“La cultura de la convergencia es muy fecunda: ciertas ideas se propagan de arriba abajo, empezando por los medios comerciales y siendo adoptadas y apropiadas por una serie de públicos diversos a medida que se propagan por la cultura.” (254)

Con todo, resulta lógico pensar que este fenómeno que he denominado crisis no es tan ajeno a la reflexión teórica, sino que, simplemente, está tomando cuerpo en diferentes iniciativas. El mismo Jenkins lo visualizó hace unos años al escribir:

“La narración transmediática es el arte de crear mundos. Para experimentar plenamente cualquier mundo de ficción, los consumidores deben asumir un papel de cazadores y recolectores, persiguiendo fragmentos de la historia a través de los canales mediáticos”. (31)

Crear mundos. En este caso, ese mundo imaginado es la República Glaciar, que se une a otras ideas parecidas, entre las cuales me parece destacable lo que ha ocurrido con la Nación Simpson.

Esta agrupación de ciudadanos sin territorio definido, con un gobierno virtual a cargo Homero Simpson y, lo que considero más relevante, sin territorio (o mejor dicho, con el territorio de lo virtual) nació como iniciativa de la cadena que emite los episodios, de tal modo de congregar a los seguidores de la ‘familia amarilla’ mediante algo más que la serie: una comunidad (ver video).

 

O sea, la narración transmediática de la que habla Jenkins en toda su expresión, ahí donde los ciudadanos-consumidores sienten el impulso irrefrenable de tomar los contenidos mediáticos y reformularlos o rehacerlos en comunidad, a través de llamados que los interpelan.

En este caso particular, el llamado invita a conformar un todo organizado, con sus propias características y ritos: “¡Conviértete en un ciudadano oficial, ingresa ya en esta app!”, señala el sitio web oficial, reiterando la idea de nación con una declaración de intenciones directa: “Llevamos 25 años creciendo sin parar. Llegó la hora de convertirnos en una potencia mundial”.

Chileno. Glaciariano. Simpsoniano. La entrada de internet en nuestras vidas no sólo está facilitando el acceso a la información, favoreciendo la comunicación a pesar de las distancias. También está posibilitando concretar un anhelo de muchos (entre los que me incluyo): prescindir del territorio, organizarse en comunidades y ser ciudadanos del mundo.

Fuentes:
  • JENKINS, Henry. "La cultura de la convergencia de los medios de comunicación".
  • SCOLARI, Carlos. "Hipermediaciones: elementos para una teoría de la comunicación digital interactiva".
  • CASTELLS, Manuel. "Poder y comunicación". Discurso en la acampada de Barcelona (2011).
  • Discurso del 21 de mayo de la Presidenta de la República (2014).