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martes, 6 de marzo de 2018

Una mujer. (Y punto).

La noche del 4 de febrero de 2018 quedará grabada en nuestra historia. Pero no sólo por el hecho de que Una mujer fantástica hubiere ganado el Oscar como mejor película de habla no inglesa, sino porque los ojos del mundo se posaron en Chile y desvelaron, a la fuerza, una de nuestras grandes vergüenzas contemporáneas: el desamparo la injusticia y los malos tratos de los que son sometidas las personas transgénero.

Porque mientras muchos estábamos celebrando, a otros el premio les dio bríos para rezumar resentimiento e ignorancia; quienes, amparados tras una pantalla, desataron su odiosidad y su más profundo desprecio por el género humano a través de nefastos comentarios discriminatorios que, lamentablemente, suelen representar a un sector bien identificado de la sociedad: conservadores, religiosos y fanáticos varios.

En otras palabras, personas que han estado siempre en una posición de privilegio respecto de las minorías y que, por lo tanto, son incapaces de ser empáticas. Y no conformes con tener sus derechos asegurados por defecto, tienen el descaro y el egoísmo de no dejar que otros -los invisibilizados, los oprimidos- accedan a lo que les ha sido negado y que en nada les afecta a ellos. Es sólo una lucha de ego, lucha de poder.

Daniela, siempre digna

Pero lo más hermoso de todo es que Daniela Vega no se rebaja a contestar los insultos; ella, la actriz transgénero de la que todos hablan, no desgasta ni un ápice de su manifiesta inteligencia en discutir con aquéllos que la critican, la discriminan y abusan de su poder hegemónico. 

Su estrategia, en cambio, es mucho más sofisticada: digna de una mente y un corazón que trascienden la condición humana y vuelan más cerca del espíritu que de la carne. Ella, la mujer fantástica, utiliza su hasta ahora inigualable exposición mediática internacional para dar un mensaje contundente, sin necesidad de ofensas ni proselitismo barato

Y ese mensaje es claro: dignidad para la comunidad transgénero; dignidad para el ser humano sin importar su género, su raza o su credo. 

Pausada y divertida, pero firme en sus convicciones, ella se da maña para transmitir un legítimo reclamo de igualdad de derecho, por el simple hecho de ser ciudadana de Chile; por el simple hecho de ser una mujer. Con paciencia e inteligencia, se toma el tiempo para explicar que "La condición trans no es algo indumentaria; no es algo cosmético, no tiene que ver con la ropa: tiene que ver con cómo uno ve el mundo y desde dónde lo ve". Y eso se agradece, Daniela.

El Oscar: la excusa perfecta

La obtención de la estatuilla dorada no es más que la excusa para que de una vez por todas hablemos en serio de estos temas en Chile. Da lo mismo si la película nos gustó no no; da igual de si la interpretación es magistral o queda al debe. Lo que realmente importa es que el filme muestra un tema que hasta ahora permanecía en las tinieblas.

Una cosa lamentable es que esas tinieblas no sólo están alimentadas por personas ordinarias que hacen sus descargos en redes sociales, sino también por los sectores conservadores y poderosos de nuestro país; por esa clase política que insiste en hacernos creer que son una fuente de rectitud y autoridad moral. Por todos aquéllos que pretenden decirnos cómo vivir nuestras vidas, cómo sentir… y hasta qué ser.

¡Pero ya basta de dejarnos avasallar por mentes y corazones egoístas que pretenden hacer infelices a los demás con sus discursos medievales! Es tiempo de hablar sobre identidad de género; pero, más importante aún, es tiempo de legislarEs hora de que hombres y mujeres trans sean reconocidos/as como tal y sean tratados/as con la dignidad y el respeto que se merece cualquiera ser humano de bien.

Por todo eso, me alegra que el reconocimiento mundial -sí, mundial- de Una mujer fantástica haya puesto el dedo en la llaga en este lejano país al sur del continente. Está bien que las autoridades se sientan interpeladas. Está bien que Chile avance hacia una sociedad más justa y moderna, hacia una sociedad más noble y bella. Está bien que hoy por hoy Daniela sea la estrella más brillante del pequeño firmamento chileno. Se lo merece.

Se lo merece no sólo porque su ejemplo nos inspira, a hombres y mujeres, sino también porque quizás sin habérselo propuesto (o quizás con) está iluminando almas y salvando vidas. Y, de paso, también está llamándonos a la autorreflexión como personas y como sociedad con palabras tan lindas como éstas:
"Yo invitaría a la gente a ampliar los límites del pensamiento. El ser humano es tan increíblemente poderoso que es capaz de vivir en Alaska y en República Dominicana. Es capaz de crear submarinos y cruzar el Atlántico bajo el agua. ¿Cómo no vamos a ser capaces de convivir los unos con los otros?".









miércoles, 24 de enero de 2018

Por qué no voté por Piñera

No voté por Piñera ni en 2009 ni en 2017. Y si, por desventura, en el futuro volviera a ser candidato... tampoco votaría por él. Esto va más allá de su contendor/a de turno o de los partidos que lo apoyan. Esto es una cuestión de principios.

Sería tedioso enumerar las características nefastas que provocan mi profundo rechazo al personaje en cuestión. En todo caso, aclaro que no tienen que ver con sus tics nerviosos, su falta de asertividad, sus intentos fallidos por parecer gracioso ni su nulo sentido del ridículo. Sería demasiado básico recurrir a lo que algunos han llamado piñericosas.

A grandes rasgos la brecha insalvable entre él, y todos los de su clase, y yo podría resumirse tan sólo en tres puntos: lo primero, su absoluta falta de pudor al reconocer públicamente que su parámetro para juzgar los actos propios o de sus colaboradores es lo que permite la legalidad, sin siquiera molestarse en atender los argumentos que lo conminan a emitir juicios de valor.

Porque actuar conforme las normas de un país no asegura la probidad ni mucho menos la indemnidad ética o moral. En otras palabras, hacer lo que permite la legalidad es una cosa; pero aprovecharse de la posición de privilegio para beneficio propio, es otra muy distinta. Y, por cierto, muy reprochable, sobre todo en supuestos servidores públicos que tienen el poder de tomar decisiones.

Lo segundo se relaciona con su mezquina concepción de sociedad, basada en cifras macroeconómicas, con estrategias populistas que promueven el concepto de éxito según el aumento o el descenso de la capacidad de adquirir bienes de consumo. 

No reniego del consumo -no podría-, pero me decepciona hondamente que esa postura eclipse o anule lo realmente importante para ser felices: la liberación del espíritu, la búsqueda de la belleza, el respeto por el otro, el derecho a la cultura, el deber de potenciar nuestras habilidades innatas. En resumen, la valoración de lo trascendente y no sólo de un puesto de trabajo.

Un candidato o un presidente nunca tendrá mi voto si su propuesta se basa exclusivamente en un análisis sobre si hay más o menos empleo. Peor aún, generando terror en las personas débiles, crédulas o menos instruidas y asegurando, de paso, que haya un verdadero estancamiento cívico, intelectual y cultural (que, al parecer, les conviene mucho).

Lo tercero, y más terrible desde mi punto de vista, es su postura conservadora en los mal llamados temas valóricos. Como individuo librepensante nunca voy a apoyar sectores cuya bandera de lucha sea la imposición de sus valores morales y el desprecio por las diferencias. Por muy buen político que sea, por muy hábil empresario o por muchos empleos que genere.

Un país pequeño y triste como el nuestro necesita salir de la oscuridad con algo más que mejores índices económicos. Necesita avanzar en justicia social, en la integración de las otredades, en la conquista de los derechos humanos. Es una insolencia, una inconsistencia, que Chile haya vuelto a elegir a una persona que se declara abiertamente en contra de las libertades individuales y del legítimo derecho que cada uno tiene a tomar nuestras propias decisiones.

Para mí, Piñera y sus hombres y mujeres de confianza son un retroceso en la conquista de los derechos sociales e individuales. Representan una cosmovisión egoísta, pobre, vacía y sesgada, refrendada en su sempiterna posición de privilegio y poder que los empuja a darnos lecciones de moral y a tratar de impedir que actuemos según lo que pensamos.

Yo quiero un país donde los dogmas de la iglesia católica no tengan cabida a la hora de legislar para todos. Un país donde se castigue la corrupción y el delito. Un país donde la máxima autoridad no justifique accionares asquerosos o abusivos sólo porque lo permite la legalidadUn país con una economía sólida, donde haya empleos, pero donde eso sea un medio y no un fin. Un país donde se entienda el problema medioambiental, se respeten los ecosistemas y tienda al desarrollo sostenible (y no se arrase con todo en pos del progreso).

Un país que avance hacia la tolerancia. Un país tranquilo, culto, empoderado y cívicamente responsable. Un país donde importe menos lo que cada uno tiene y se valore más lo que cada uno es. Un país donde nosotros y las futuras generaciones vivamos sin miedo a expresar lo que somos y lo que sentimos. Un país donde esté permitido ser diferente. Un país donde se nos trate como personas y no como simples números. Por eso no voto por Piñera.

martes, 20 de enero de 2015

Castigo y tratamiento, por el amor de Dios

          Imposible mantenerse al margen de los acosos de Javier Soto, autoproclamado y mediáticamente conocido “pastor Soto”.  Vi la persecución a Luis Larraín en el centro de Santiago; repasé varias de sus intervenciones en TV; y he hecho un seguimiento de sus escándalos en el Congreso (incluida la vergonzosa afrenta contra el diputado Claudio Arriagada).

          No soy ni sicólogo ni siquiatra, pero he estado relacionado con ellos por los quehaceres propios de mi trabajo como periodista. Por lo mismo -y guardando el respeto por esos profesionales- he aprendido a reconocer patrones de conducta alterada, y a identificar perfiles de personas que tienen desórdenes emocionales y mentales.

          Y en este caso claramente se trata de alguien con severos problemas siquiátricos que redundan en un comportamiento disociado de la realidad.  Por su actuar, se desprende que en él no hay control de la ira ni de sus impulsos; no hay conciencia del respeto por la privacidad del otro ni de la responsabilidad inherente al cargo religioso que ostenta; no hay apego a las convenciones sociales ni el más mínimo respeto por las instituciones de la sociedad civil.
En resumidas cuentas, me parece que es un desadaptado social producto de su inestabilidad mental.

       Es tan claro que ese fanatismo asociado al terrorismo en su expresión más pura (“Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”) va más allá de lo religioso o valórico. Es un desorden generalizado que está lejos de aquéllos que, aun profesando una postura igualmente intransigente en estos temas, no tienen comportamientos violentos, ofensivos, descontrolados ni ridículos.     
   
     O sea que, por el contrario de lo que muchos opinan, yo creo que no se trata sólo un religioso recalcitrante, sino que una persona enferma que requiere con urgencia ser tratada como tal. Si ninguna entidad se hace eco de esta necesidad, seguirá siendo una molestia y un peligro… no sólo para la comunidad LGBT, sino que para todos aquellos que no comulguen a su visión de la sociedad y del mundo. 
 ¿Qué hacer con él?

        Como creo en la libertad de expresión, hasta hace poco pensaba que bastaba con ignorarlo, con no darle pantalla ni hacerse parte de sus divagaciones (o sea, respetar el viejo proverbio de "Cada loco con su tema"). Así, sus sermones moralistas no serían más que una molesta anécdota surgida de una persona ignorante y obcecada. Pero ahora cambié de opinión.

       Es una alternativa, pero no basta sólo con el castigo social, con funarlo en las redes sociales. No podemos aceptar que el justo derecho a expresar nuestras diferencias sea ejercido con tal nivel de violencia y atropello hacia la integridad de los demás, por muy distinto que piensen. Por eso, todos los esfuerzos individuales y colectivos serán válidos para que sus actos irrespetuosos y desvergonzados no queden impunes.

         Sus constantes y repetitivos arranques coléricos no pueden ser naturalizados como un mecanismo válido para manifestar una postura erróneamente relacionada con un cariz religioso que de cristiano no tiene nada. (Vergüenza debe darles a quienes verdaderamente profesan y manifiestan el sentido literal y espiritual de esta palabra).

          Por eso, un tratamiento médico y un procedimiento judicial con una condena justa serían claras señales de que en Chile sí se hacen esfuerzos por reivindicar los derechos que todos tenemos como seres humanos y ciudadanos de un país libre que aspira a la igualdad de todos... más allá de la orientación sexual o la identidad de género.

lunes, 27 de octubre de 2014

Vivan y dejen vivir (a propósito del niño que tiene dos papás)



(Foto: Reproducción Movilh)
Hoy tuve una conversación con una de las mujeres de mi vida; una amiga entrañable a quien conozco desde hace casi 15 años: Andrea, @negracuriche o, simplemente, Andreíta, como suelo decirle. Con su sensibilidad y desparpajo habitual, me contó que con su novio habían estado conversando sobre Nicolás tiene dos papás y de cómo ellos no habrían de necesitar un libro como aquél para, cuando llegue el momento, explicarles a sus hijos qué y cómo hay que hablar de la homosexualidad.


¿La razón? Ella tiene un acercamiento natural hacia el tema, porque desde siempre ha estado rodeada de amigos, amigas, colegas y quién sabe cuántos parientes o conocidos más que son homosexuales. Sabe que la sexualidad es una anécdota dentro del complejo mundo que somos los seres humanos y que, bajo ninguna circunstancia, lo que sentimos o lo que nos gusta en la intimidad es un factor suficiente para etiquetar o juzgar a una persona. O a muchas.


Mi gran desconsuelo es que, por desgracia, no todos piensan como ella. Y mientras eso no cambie, seguiremos estancados en un país donde la publicación de un libro como ‘Nicolás tiene dos papás’ acapara portadas y minutos de TV, y se instala como un tema en la cuestionable ‘agenda valórica’ de personas y sectores que se arrogan el derecho de decidir qué hacemos con nuestras vidas.


Todos somos libres de pensar de manera diversa y sé que precisamente en la divergencia está la gracia; pero una cosa es pensar y la otra obligar a que quien está al lado piense como uno. Una cosa es concebir la realidad desde un enfoque, pero otra es deslegitimar a los que están parados en la vereda opuesta. En fin, una cosa es ser lo que queremos, con lo que nos conformamos, y otra muy distinta es obligar a los demás a que sean como yo (o responsabilizarlos de nuestras propias represiones).


En el caso particular de ‘Nicolás tiene dos papás’ el problema es aún más grave, porque sus opositores no solamente intentan sin éxito negar una opción de vida en pareja, de formar familia, sino que, de paso, invisibilizan los verdaderos valores que este cuento transmite: amor, tolerancia, gratitud, sana convivencia, etcétera.


En un Chile donde existen tantos problemas que resolver, tantas brechas que acortar y tanto por seguir creciendo (no sólo en lo económico, sino que en lo cultural y emocional… para poder construir de una vez por toda un alma-país reconocible) es tan desalentador comprobar que continuamos estancados en una ‘polémica’ de poca sustancia, alimentada por gente ignorante y egocéntrica que malgasta su energía en defender lo indefendible…


… Y es el hecho de que, aunque a algunos les incomode o incluso les moleste la existencia de lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros (la orgullosa comunidad LGBT), las sociedades seguirán avanzando hacia un futuro donde el concepto de familia no sólo estará delimitado por la triada papá-mamá-hijos, sino que se abrirá a todas las formas de amar que conoce el ser humano. 


Y para eso hay que estar preparados como persona, como familia y como país. Más temprano que tarde tendrán que llegar las modificaciones legislativas que regulen y equiparen los derechos que todos tenemos. Y mientras ese día llega, bien vale celebrar iniciativas como la de este libro infantil, que es un gran paso hacia el cambio social y cultural que tanta falta le hace a este país.