Mostrando entradas con la etiqueta cómo somos los chilenos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cómo somos los chilenos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de abril de 2019

¿Notre qué?

El mundo no será el mismo después del incendio que devastó la iglesia gótica más famosa de Francia: la Cathédrale de Notre-Dame de París. No sólo porque tendrá que pasar un buen tiempo antes de que podamos ver erguida nuevamente su imponente aguja central de más de 90 metros, sino también porque algo se fracturó en lo más profundo del espíritu del ser humano y nos ha dejado desolados.

Cuando, con justa razón, un monumento como éste se eleva a un estatus casi mitológico, resulta difícil admitir o pensar siquiera que podría ser víctima de las pequeñeces que afectan a los seres humanos: pequeñeces como pestes, revoluciones y dos guerras mundiales; pequeñeces como el poder abrasador y destructivo de las llamas sin control.

Ver el colapso de este testimonio de gran parte de la historia de la cultura occidental, nos enseña ahora más que nunca que el patrimonio siempre es vulnerable y que la amenaza de perderlo es latente, a pesar de las buenas intenciones. Por lo mismo, no sólo tenemos la responsabilidad de conocerlo, sino que, además, tenemos la obligación de cuidarlo.

El shock es transversal a los pueblos, razas y religiones que han sabido valorar la trascendencia de Notre-Dame de París no sólo como un prodigio de la arquitectura medieval, sino también como referente artístico-cultural inagotable; como un gigantesco monstruo de piedra que inyecta inspiración directamente a nuestros corazones desde hace 856 años.

Chilenos insensibles

Muchos chilenos, sin embargo, no sienten lo mismo. Con asombro, espanto y vergüenza leo comentarios que ofenden a quienes aún estamos viviendo el duelo. Pero más allá de eso, que es tolerable por quienes tenemos huesos duros de roer, me preocupa el nivel de ignorancia y la falta de sensibilidad hacia los estímulos sensoriales hermosos.

Pero no es su culpa. La culpa es de este país, Chile, que no nunca ha apostado realmente a cultivar el espíritu, a disfrutar de las cosas hermosas, a abrir los sentidos a la belleza. Nuestras familias, el sistema educacional y hasta la forma en que nos rigen las autoridades: todo confabula para que en nuestra sociedad abunden seres irreflexivos, insensibles, sin búsqueda.

El exitismo, el énfasis en las variables económicas y los intentos de la élite por seguir manteniendo sus posiciones de privilegio, entre otros factores, han socavado las bases de la sociedad y están generando niños y niñas que crecerán sin interés por descubrir y admirar lo que hay más allá de la teleserie de moda, del reggaetón o de la gala de Viña.

Hay que saber pensar

Más espacio para la educación cívica, el arte y la ciencia generaría más interés por acceder a la cantidad inmensurable de cultura que abunda en todos los rincones del mundo, y también ayudaría a fortalecer las capacidades cognoscitivas de muchos que no saben unir ideas, reflexionar ni manifestar opiniones coherentes.

En las clases de historia universal un porcentaje peligrosamente alto está dedicado sólo a memorizar fechas de conflictos bélicos, no a conocer y admirar, por ejemplo, grandes obras de arte y a los maestros que las crearon para la posteridad. Malísima señal. O como decían Los Cadillacs: "En la escuela nos enseñan a memorizar fechas de batallas, pero qué poco nos enseñan de amor".

Si no me cree, lea las publicaciones referidas a Notre-Dame de París. Verán una plétora de sandeces sin sentido, comparaciones absurdas, juicios irreflexivos, comentarios ilógicos, mucha ignorancia, argumentos que no argumentan nada y lo peor, o quizás lo que resume todo eso, una profunda insensibilidad. Triste realidad la chilena.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

La Ley de convivencia vial no va a funcionar

No necesito tomarme tan en serio lo que alguna vez un amigo designó como El oráculo de Zavala, en relación a mi capacidad para predecir eventos relacionados con el comportamiento humano; porque, más allá de las bolas de cristal o los supuestos poderes sobrenaturales, a veces sólo basta el sentido común para hacerse una idea más o menos certera de lo que va a pasar.

En ese sentido, mi opinión sobre el futuro de la llamada Ley de convivencia vial tiene más de observación que de presagio. 

En palabras simples, soy un convencido de que esta ordenanza está destinada al fracaso en un país como éste. El principal escollo es que se trata de una ley que pretende regular la convivencia entre personas... y bien sabemos que, lamentablemente, en Chile las personas no sabe convivir unas con otras.

Este triste fenómeno se basa en la premisa de que, por el contrario de lo que siempre nos quieren hacer creer, los chilenos somos egoístas y desconsiderados: en general, queremos lo mejor para nosotros mismos, pero no estamos dispuestos a perder parte de lo que, en teoría, nos corresponde como derecho. En palabras simples, disfrutamos de la sensación de ser unos ganadores, unos winners.

Mientras ese sensación siga existiendo -y, peor aún, siga siendo avalado socialmente-, de poco servirán las leyes que intenten multar el (mal) comportamiento de los usuarios de las calles y veredas. La convivencia no podrá ser porque, en general, no estamos acostumbrados a ser gentiles, a ceder parte de nuestros privilegios en favor de otros. 

Por lo mismo, por sobre el carácter punitivo de la ley, estoy seguro de que va a primar la comodidad propia: si soy un ciclista y no tengo una ciclovía por donde pasar, me subiré a la vereda para continuar mi camino. Si soy un automovilista y no tengo espacio para adelantar a un ciclista, no me tomaré la molestia de procurar los 1,5 metros exigidos. Y si soy peatón y tengo que cruzar una calle, no esperaré hasta llegar a la esquina. 

Está escrito. Es el sino del chileno: las leyes cuyo fiel cumplimiento no puede ser asegurado por un problema logístico, que no tienen penas efectivas y que, en el fondo, sólo regulan un tema de convivencia, no están hechas para que sean cumplidas. Las personas no lo toman en serio. 

A esta suerte de mentalidad chilensis se suma otro factor muy importante: las características viales de las ciudades no resiste la aplicación de estas mismas leyes: no hay infraestructura que permita el tranquilo y seguro transitar de las bicicletas separadas de los vehículos motorizados; no hay suficientes pistas de adelantamiento; no hay veredas lo suficientemente grandes como para permitir, en casos excepcionales, que personas y ciclistas vayan juntos.

Es bastante cómodo -y peligroso- imponer la legislación sobre temas tan cotidianos, sin ofrecer a la ciudadanía alternativas reales para que puedan cumplirlas. Porque una cosa es la educación y la buena voluntad que todos podemos poner para que el asunto funcione... pero otra es querer cumplir y no tener cómo. Y frente a eso, mejor seguir tal y como estábamos, ¿no?

lunes, 29 de octubre de 2018

Chile, país de sucedáneos

Hace unos días descubrí con mucha tristeza que Netflix sacó de su parrilla programática una de las películas más conmovedoras que he visto en años: Al mejor postor. Esta pérdida se suma a la eliminación de Downton Abbey, probablemente la serie inglesa más exitosa, bella y elegante de todos los tiempos.

¿Qué nos dejaron, en cambio? Títulos como No soy un hombre fácil, Soltera codiciada, Perdiendo el norte, La peor semana, Barrio universitario, No estoy loca... y así una larga lista de historias intrascendentes que carecen de gracia, de buen gusto, de alma y de todo aquello que podríamos llamar verdadero arte.

¿Por qué los chilenos nos vemos privados de estos verdaderos deleites para los sentidos y, por el contrario, tenemos que conformarnos con productos de tan baja estofa? Sencillamente, porque nos tienen acostumbrados a los sabores de mala calidad: sabores falsos, pobres, insípidos; todos sucedáneos de las verdaderas experiencias multisensoriales que enriquecen el espíritu de las personas y los pueblos.

No encontré una mejor palabra que sabores para resumir todo lo que implica nuestro diario vivir; da lo mismo si son películas, series, música, comida o incluso el espacio público por el que transitamos a diario: la falacia de buena calidad está presente de manera transversal en todo aquello.

La comida

Esta reflexión, compartida con Mesié Lamantán, surgió a raíz de nuestra observación respecto de la mala calidad de algunos productos que se venden en Chile. El problema no es su simple existencia en el mercado, sino más bien la alta aceptación que evidencian los consumidores.

Claro que la culpa no es necesariamente de los que compran... sino de los que prefieren producir sucedáneos que simulen los sabores y la apariencia de lo exquisito. Esta dinámica, que ha autorregulado al mercado, redunda en una oferta que ha terminado por naturalizar la mediocridad de los sabores de comidas y alimentos de uso cotidiano.

La presencia de productos como el "café" instantáneo; de chocolates "sabor chocolate"; del sucedáneo de limón; de quesos insípidos y plásticos; de la mortadela lisa; y de jugos con saborizante "idéntico al natural"... es una pequeña muestra de lo lejos que estamos de poder acceder a ciertos placeres sibaritas que nos han sido negados.

Cultura de la basura

Podemos encontrar este fenómeno en otras aristas del quehacer humano. Una de las más evidentes tiene relación con la mala calidad de los productos culturales masivos que se distribuyen por montones a una sociedad chilena que, por una ignorancia inducida por el propio mercado, no puede exigir más.

Es por eso que existe tanta conformidad por el consumo de basura cultural: conformidad con los programas de entretención; con los paneles de opinólogos de pacotilla; con reportajes autocomplacientes que ensalzan más al animador que a los propios protagonistas; con películas erotizantes y supuestamente humorísticas; con un Festival de Viña con artistas de categoría B, C o D...

¿Dónde están los esfuerzos por brindarnos calidad? ¿Dónde está la TV con verdadera convicción de entregar cultura y enriquecer los espíritus? ¿Dónde están los documentales de David Attenborough? ¿Dónde están programas como Esto es ópera o las franquicias de realities como Masters of Photography o The Great Interior Design Challenge?

Calidad de vida

Así es como nos enfrentamos a otros sucedáneos de productos de calidad que son aun más terribles, porque impactan directamente en la calidad de vida. En Santiago de Chile, por ejemplo, tenemos un sistema de transporte público decadente, indigno e ineficiente: buses desvencijados e inseguros, conductores imprudentes, poca conectividad, paraderos mal diseñados, y tiempos de desplazamiento inhumanos.

Y así suma y sigue: el alcalde que quiere cerrar los parques urbanos; la municipalidad que cede áreas verdes para el crecimiento del mercado inmobiliario; el mall que en vez de abrir sus espacios para el esparcimiento decide construir más estacionamientos; la ciudad que elimina los árboles y cubre todo de hormigón; la ordenanza municipal que permite echar abajo edificios emblemáticos para reemplazarlos por adefesios posmodernos.

¿Por qué lo aceptamos como sociedad? ¿Por qué no exigimos tener una mejor ciudad, vivir en una ciudad mejor? A mi entender, nos conformamos con todos estos simulacros y no abrimos los ojos al verdadero buen vivir porque hemos estado oprimidos demasiado tiempo por la mediocridad de lo que nos ofrecen las personas insensibles que deben tomar decisiones.

¡Pero llegó la hora de cambiar! Es nuestro derecho y nuestra responsabilidad reclamar para tener mejores cosas: más acceso a productos de calidad; a expresiones culturales de verdad; a música que enriquezca y no destruya las neuronas; a una ciudad inclusiva que respete al peatón por sobre el automóvil; a un sistema de transporte decente y seguro; a más espacios públicos; a más áreas verdes. En resumen, a una mejor calidad de vida.

miércoles, 24 de enero de 2018

Por qué no voté por Piñera

No voté por Piñera ni en 2009 ni en 2017. Y si, por desventura, en el futuro volviera a ser candidato... tampoco votaría por él. Esto va más allá de su contendor/a de turno o de los partidos que lo apoyan. Esto es una cuestión de principios.

Sería tedioso enumerar las características nefastas que provocan mi profundo rechazo al personaje en cuestión. En todo caso, aclaro que no tienen que ver con sus tics nerviosos, su falta de asertividad, sus intentos fallidos por parecer gracioso ni su nulo sentido del ridículo. Sería demasiado básico recurrir a lo que algunos han llamado piñericosas.

A grandes rasgos la brecha insalvable entre él, y todos los de su clase, y yo podría resumirse tan sólo en tres puntos: lo primero, su absoluta falta de pudor al reconocer públicamente que su parámetro para juzgar los actos propios o de sus colaboradores es lo que permite la legalidad, sin siquiera molestarse en atender los argumentos que lo conminan a emitir juicios de valor.

Porque actuar conforme las normas de un país no asegura la probidad ni mucho menos la indemnidad ética o moral. En otras palabras, hacer lo que permite la legalidad es una cosa; pero aprovecharse de la posición de privilegio para beneficio propio, es otra muy distinta. Y, por cierto, muy reprochable, sobre todo en supuestos servidores públicos que tienen el poder de tomar decisiones.

Lo segundo se relaciona con su mezquina concepción de sociedad, basada en cifras macroeconómicas, con estrategias populistas que promueven el concepto de éxito según el aumento o el descenso de la capacidad de adquirir bienes de consumo. 

No reniego del consumo -no podría-, pero me decepciona hondamente que esa postura eclipse o anule lo realmente importante para ser felices: la liberación del espíritu, la búsqueda de la belleza, el respeto por el otro, el derecho a la cultura, el deber de potenciar nuestras habilidades innatas. En resumen, la valoración de lo trascendente y no sólo de un puesto de trabajo.

Un candidato o un presidente nunca tendrá mi voto si su propuesta se basa exclusivamente en un análisis sobre si hay más o menos empleo. Peor aún, generando terror en las personas débiles, crédulas o menos instruidas y asegurando, de paso, que haya un verdadero estancamiento cívico, intelectual y cultural (que, al parecer, les conviene mucho).

Lo tercero, y más terrible desde mi punto de vista, es su postura conservadora en los mal llamados temas valóricos. Como individuo librepensante nunca voy a apoyar sectores cuya bandera de lucha sea la imposición de sus valores morales y el desprecio por las diferencias. Por muy buen político que sea, por muy hábil empresario o por muchos empleos que genere.

Un país pequeño y triste como el nuestro necesita salir de la oscuridad con algo más que mejores índices económicos. Necesita avanzar en justicia social, en la integración de las otredades, en la conquista de los derechos humanos. Es una insolencia, una inconsistencia, que Chile haya vuelto a elegir a una persona que se declara abiertamente en contra de las libertades individuales y del legítimo derecho que cada uno tiene a tomar nuestras propias decisiones.

Para mí, Piñera y sus hombres y mujeres de confianza son un retroceso en la conquista de los derechos sociales e individuales. Representan una cosmovisión egoísta, pobre, vacía y sesgada, refrendada en su sempiterna posición de privilegio y poder que los empuja a darnos lecciones de moral y a tratar de impedir que actuemos según lo que pensamos.

Yo quiero un país donde los dogmas de la iglesia católica no tengan cabida a la hora de legislar para todos. Un país donde se castigue la corrupción y el delito. Un país donde la máxima autoridad no justifique accionares asquerosos o abusivos sólo porque lo permite la legalidad. Un país con una economía sólida, donde haya empleos, pero donde eso sea un medio y no un fin. Un país donde se entienda el problema medioambiental, se respeten los ecosistemas y tienda al desarrollo sostenible (y no se arrase con todo en pos del progreso).

Un país que avance hacia la tolerancia. Un país tranquilo, culto, empoderado y cívicamente responsable. Un país donde importe menos lo que cada uno tiene y se valore más lo que cada uno es. Un país donde nosotros y las futuras generaciones vivamos sin miedo a expresar lo que somos y lo que sentimos. Un país donde esté permitido ser diferente. Un país donde se nos trate como personas y no como simples números. Por eso no voto por Piñera.

jueves, 12 de octubre de 2017

Menos ideología, más lucidez

Enciendo el televisor. Veo que que un candidato presidencial de la ultraderecha llama a que “la ideología comunista no destruya los valores cristianos...” y otro, en la trinchera opuesta, que declara que pertenece a un partido que es “un instrumento de izquierda popular y patriótica”.


Viví los últimos años de la Guerra Fría en total ignorancia. Sin embargo, me hice cargo de mi responsabilidad cívica y aprendí, a grandes rasgos, de qué se trató: básicamente, el enfrentamiento irreconciliable de dos bloques; dos formas opuestas ver la vida y de entender cómo funciona el mundo.


Hoy, casi 30 años nos separan de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. En el intertanto, Sudáfrica eligió a Mandela; volvió la democracia en Chile; clonaron una oveja; estalló una guerra en el Golfo; un Papa dimitió en el Vaticano; una mujer y un afroamericano fueron presidentes de Chile y Estados Unidos, respectivamente. Y así.


La última década del siglo XX avanzó con ritmo vertiginoso y la gente cambió. ¡El mundo cambió! Y nosotros, ad portas de una elección presidencial, aún seguimos enfrascados en la eterna dicotomía que tanto mal le ha hecho al mundo en su historia moderna, cual si para validarse hubiese que optar por uno u otro bloque, sin matices intermedios.
Estamos acostumbrados a tener que elegir entre posiciones opuestas; entre políticos que aún viven de miedos o añoranzas pasadas y que, muchas veces, sacrifican el sentido y el bien común, con tal de seguir fieles a los preceptos de sus partidos. Lástima que es una mirada añeja, sesgada, egoísta y anacrónica. ¡Es tiempo de cambiar!

¡Nicanor al rescate!
En este escenario político triste y añejo, que se mantiene vivo a costa de delirios y añoranzas, apareció en mi vida el poeta centenario: Nicanor Parra, en una entrevista concedida a la televisión española en plena dictadura chilena, por allá por 1987.


En ella dejó bien en claro que la confrontación de estas dos ideas antagónicas estaba devastando al mundo y que, en consecuencia, no daba abasto para solucionar los verdaderos problemas de la sociedad y sus hombres. Impresiona no sólo su lucidez, sino la mirada vanguardista y profundamente humana en cada una de sus palabras.

“Los pueblos pueden ser salvados por la poesía e-comprometida. O sea, la poesía comprometida con la supervivencia, con un no al enfrentamiento: la poesía comprometida con la noción de autorregulación del espíritu y de la sociedad, porque hemos visto que el choque de las ideologías tradicionales ha llevado al planeta a la situación desastrosa en que se encuentra: al borde del colapso”, aseguró hace 30 años.


¿Qué ideologías tradicionales? Parra responde: “Me estoy refiriendo al liberalismo o, para usar una palabra más fuerte, al capitalismo, y también al socialismo real, tal como lo conocemos (que) en el fondo lo que están haciendo (...) es reducir el planeta a la forma de artefactos. Le están dando forma de automóviles, refrigeradores, teléfonos, etcétera (...). Es decir, estamos transformando el planeta en chatarra”.
Amor infinito a Nicanor, un genio como pocos. Ya hace 30 años planteaba que la única forma de salvar el caos en el que está sumida la humanidad es terminar, de una vez por todas, con la confrontación de las cosmovisiones tradicionales (marxismo versus capitalismo). Además sugiere que nada sacamos si no incorporamos al entorno natural. ¡Un visionario!
Hombre, sociedad ¡y naturaleza!


Nicanor, genio transgeneracional, fue más allá con un planteamiento vanguardista: explicó que las sociedades deben enfrentar a una problemática triple, que incluye al individuo, a la sociedad… y a la naturaleza, en lo que él llamó ecología social.


“Parece que el problema básico de la cosmovisión tradicional consistiría en que no se ha entendido bien la relación del hombre con la naturaleza, por una parte, y por otra, la relación de los hombres entre sí (...). Las cosmovisiones tradicionales, tanto el liberalismo, como el socialismo, como el marxismo, resultan insuficientes para comprender la nueva situación en la que nos encontramos”, dijo a la periodista española


Ella queda descolocada. Ella, desde la infinita distancia geográfica e intelectual, no comprende fácilmente lo que Parra explica con tanta sencillez, y lo azuza para que dé definiciones basadas en la polarización política, en la dicotomía clásica, en el bien versus el mal.


Pero el ecopoeta insiste: “La relación de amo-esclavo es la que rige la totalidad de las relaciones sociales y las relaciones del hombre con la naturaleza. Habría que partir, entonces, de otro punto, en otros términos: no de Marx, sino más bien de Kropotkin, quien aparentemente entendió mejor la relación del hombre con la naturaleza y entendió mejor la relación de los hombres entre sí”.

Y por si alguien siguiera sin entenderlo, planteó una frase simple pero decidora; una frase que extraño en los políticos de primera o de cuarta categoría; una frase que deberíamos exigir a quienes aspiren a gobernarnos en los tiempos modernos, de respeto, de inclusión: “Lo único que se pide es un grado mayor de racionalidad, un grado mayor de lucidez”. Genio.


lunes, 4 de septiembre de 2017

Somos ignorantes y egoístas

Si tuviera que definir a los chilenos con sólo dos adjetivos diría que somos ignorantes y egoístas.

En general, somos ignorantes como sinónimo de falta de conocimiento. Al chileno no le interesa leer; no le interesa escuchar música bella; no le interesa saber más de política para votar informado; no le interesa hablar o escribir bien; no le interesa dar opiniones argumentadas; no le interesa ir a los museos; no le interesa invertir en alimento espiritual (y con esto no me refiero a la iglesia, sino que a lo que llena el alma: la belleza, el arte).

Lo que le interesa es el crecimiento económico, es tener un buen trabajo, es ganar más, es comprarse la mejor tele; es tener Netflix, CDF, internet, el mejor celular, ropa de marca. Lo que le interesa es la satisfacción instantánea mediante estímulos tan básicos como tener más amigos en Facebook o más likes en las publicaciones de Instagram. O sea, lo efímero, lo que no estimula el intelecto ni el corazón.

Diariamente, veo que en el transporte público las personas van mirando su celular. Todas. Sin excepción. Cuando me acerco para observar qué hacen, básicamente descubro que: 1) están en Facebook y 2) Están jugando Candy Crush (o cualquiera de sus símiles). Espacio en el Metro hay. La tecnología está. ¿Por qué nadie usa esas características para otros fines? ¿Por qué nadie se interesa por un estímulo verdadero?

Sin ir más lejos... ¿por qué nadie lee un libro, por ejemplo? Porque un buen libro, con una buena historia, es una de las mejores maneras de aprender, de elevar el espíritu a un nivel superior de imaginación y conocimiento. Y no digan que son muy caros, que el IVA, etc. Es cierto: son caros, pero hay muchas otras cosas aun más caras y la gente accede igual a ellas. Es decir, no es un tema de precio, sino de prioridad: a los chilenos no les interesa leer. Así de claro.

Otra manera pragmática de comprobar esta hipótesis es leer lo que los chilenos comentan en redes sociales. Es sorprendente. Es abominable. En su mayoría, son opiniones infundadas, ignorantes, llenas de juicios y prejuicios, llenas de incongruencias y, lo que es peor, insultos. Es vergonzoso que haya tanta gente que, libremente, se tome el tiempo para escribir eso. Es una pena que la ignorancia y la falta de criterio inunden y ensucien este espacio democrático digital.

Por pura ignorancia: por eso es que después tenemos que aguantar que muchos crean cuanta burrada aparece en las redes sociales, legitimando opiniones de sacerdotes místicos, videntes, pitonisas de pacotilla, contadores de cuentos, reveladores de conspiraciones -les hablo a ustedes, Salfate y Dr. File-, sismólogos de circo, detectores de catástrofes, vendedores de humo, falsos profetas, políglotas, saltimbanquis, malabaristas y cualquier bufón por el estilo.

¿País solidario?

Muy por el contrario de lo que nos han hecho creer con campañas como Teletón, Chile ayuda a Chile y todas ésas... yo creo que los chilenos no somos solidarios. Claro, si hay un trasfondo mediático y casi institucional, resulta lógico que haya ganas de colaborar con dinero. Pero ¿aportar plata es ser solidario? Yo creo que es ser subsidiario, nada más.

En lo cotidiano, vemos que cada quien vela por su propio metro cuadrado. En el Metro, en la micro, vemos que mientras haya goce y satisfacción personal, no importa si el otro está cómodo o no. Si yo voy bien, si yo me tengo que bajar en la próxima parada, no me importa si hay alguien que quiere subir. No me corro. Yo voy bien acá.

El egoísmo se ve en todos lados, en todas sus formas, incluso las más sutiles: el tipo que adelanta en su auto; el tipo que se salta la fila; el tipo que escucha música sin audífonos; el tipo que mira su celular en el cine; el tipo que maneja borracho; el que discrimina a los inmigrantes; el que se opone a los derechos de las diversidades; el que no quiere donar sus órganos; el que no compra un boleto en la rifa de Bomberos; el que bota la basura al suelo; el que fuma en lugares públicos; el que tose y no se tapa la boca; el que se para en el lado izquierdo de la escalera mecánica...

Nos falta mucha solidaridad y nobleza. Y eso es transversal, porque no sólo se aprecia en la calle, sino que también en las empresas (quiénes más egoístas), en la televisión, en el Congreso, en la política en general. Vemos cómo todas estas personas, antes que el mentado y prostituido bien común anteponen sus valores, su visión, sus intereses... algunos de manera más evidente que otros.

Somos un país de gente que tiene prioridades y valores muy trastocados. Gente que valora el tener en vez de ser. Gente que se preocupa sólo por el bienestar propio, pero que no tiene conciencia de un otro compartiendo los mismos espacios. Gente mal educada, amargada, poco amable. Gente que no es capaz de transmitir buena energía; que no es capaz de saludar, de ofrecer disculpa en la calle, de pedir por favor, de dar las gracias; gente que va al mall en vez de al parque... Viéndolo así, podría agregar un tercer adjetivo: gente insensible.